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Testimonios

Hermanas actuales

 

 


CANTARÉ ETERNAMENTE LA MISERICORDIA DEL SEÑOR

 

Quisiera compartir con los que lean estas páginas, la experiencia de la misericordia de Dios en mi vida.

Conocí a Jesús cuando tenía 18 años, en mi familia no éramos cristianos practicantes, creíamos en Dios pero a nuestra manera, dejándolo muchas veces, a un lado.

Mi vida iba pasando imbuida en todos los afanes de la vida, sólo soñaba con ser importante, vivir bien y ser yo la dueña de mi vida.

La verdad, de esta manera, mi vida no tenía mucho sentido, no entendía muchas cosas y constantemente pensaba que no valía la pena vivir, me encontraba vacía. Siempre experimentaba una gran insatisfacción, lo cual podía vislumbrarse en mi exterior.

Pensaba que la felicidad consistía en ser importante, tener dinero, vivir bien, estar a la moda y en ser estimada por todos y todas mis fuerzas las gastaba en conseguir todo aquello, siempre encontrándome muy vacía.

Hasta que un día, Dios se presentó en mi vida. Me invitaron a participar en el grupo de confirmación, la verdad no tenía mucho interés pero acepté, quizá por compromiso o por hacer un día algo distinto, no podía pensar que desde aquel día mi vida iba a cambiar por completo, fue en ese día en que escuché hablar de Jesús por primera vez. Cuando me hablaron de su inmenso amor por mí, de que por mí había muerto en la cruz, realmente quedé impresionada, tuve la experiencia de que unas vendas caían de mis ojos y que ahora podía ver con claridad, que finalmente era capaz de ver la realidad y sólo sabía decir y repetir asombrada: ¡No sabía que había alguien que me amaba tanto, no sabía que nunca había estado sola!

Fue así cómo cambió por completo mi vida y desde entonces no me he cansado de decir que he sido salvada por pura misericordia de Dios.

Después de 10 años de este encuentro con el Señor, mi experiencia sigue siendo la misma, lo único que cada día se hace más profunda. Cada día voy descubriendo el abismo insondable e inmenso de la misericordia de Dios, que va llenando toda mi vida, voy descubriendo una mayor plenitud en todo mi ser, cómo Él me va haciendo y desarrollando cada vez más como persona. Puedo decir con una convicción profunda que desde que me encontré con Dios, he descubierto la felicidad, una felicidad muy profunda, que no quiere decir que no haya dificultades en el camino, pero la experiencia de saberse amada verdaderamente por Dios, lo supera todo, porque no estoy sola.

Sólo puedo dar gracias a Dios por la obra de misericordia que ha hecho en mí, porque no sólo me concedió el don de la fe sino que me ha llamado a seguirle más de cerca en la vida contemplativa, donde puedo alabarle y darle gracias en nombre de toda la humanidad y repetir con el salmista cantaré eternamente las misericordias del Señor.”

Sor Lucía de la Misericordia

 


 

TESTIMONIO  DE  UNA  MÍNIMA

 

Señor Jesús:

Hoy quiero recordar ante ti y dar testimonio de mi encuentro contigo. Muchos se preguntan cómo es posible que un joven, una joven, lo deje todo y entre en un monasterio de vida contemplativa.

Hoy quiero ofrecer mi testimonio personal

como una pequeña luz ante tu luz infinita.

Me gustaba estudiar y deseaba encontrar un puesto

para ser alguien en la vida.

Me afanaba y me preocupaba por tantas cosas...

La vida me ofrecía muchas posibilidades

y era preciso prepararse bien y elegir para ir prosperando.

Mientras tanto me iba alejando de ti, cada vez mas me perdía.

Había que pasarlo bien

y en el fondo buscaba una felicidad que no llegaba.

Al final de las fiestas, después de las risas y la alegría somera,

quedaba siempre un vacío... ¿Es que no es posible la felicidad en esta vida? Pero aún no comprendía que mi corazón sólo lo llenaría tu presencia,

que eres el único capaz de dar plenitud a una vida.

Pero Tú siempre bueno y fiel estabas a mi lado, me seguías.

Hasta que aquella tarde, te hiciste el encontradizo y todo cambió.

En aquel frío mes de enero, todo cobró nueva vida.

Allí desde tu cuna, niño débil y necesitado,

 ofreciendo tu pobreza, tu pequeñez, tu humildad...

Fue tan solo una mirada tuya…

¡si tú quisieras! -me decías.

Mi corazón que buscaba, que trataba de descubrir, que se interrogaba en tantas cosas...

Preguntaba ¿qué Señor?   ¡Sigue hablando, no te pares!

Pero bastaron tan sólo aquellas palabras breves "¡si tú quisieras!"

y una mirada, una mirada que me había cautivado

y sin saber aún a qué me comprometía,

pero movida por aquella fuerza, sabes que te dije:¡Sí!, lo que tú quieras! Era como firmar en blanco. Apenas si entendía nada.

Sí, Señor, Sí, lo que Tu quieras. Me fío de ti, me fío de tu palabra.

Sí, sí a todo. El sí fue a tu persona...

Entonces suavemente me señalaste aquel monasterio.

Enseguida acudieron a mi mente mis deseos de estudios, mis proyectos de futuro y hasta mi primera ilusión de ser misionera.

Pero, Señor, si estaba dispuesta, si todo te lo daba.

Si quería extender tu reino para que otros te conocieran...

Sí, me dijiste, serás misionera a distancia.

Ya no importaba lo que hiciera.

Se trataba de entregar la vida, de darlo todo,

de seguirte a ti que eres luz, verdad, amor y vida.

Todo para ti, Señor!.

Mis veinte años puse en tus manos. Para ti toda mi vida. Ya no tengo otra ilusión que Tú mismo. Tu ser personal me cautiva.

Y desde aquí, desde mi clausura,

trato de ser misionera, de mantener la llama encendida

para que arda el mundo, para que todos tengan vida.

Para que otros prediquen y alumbren,

yo me gasto en silencio manteniendo la llama encendida.

Como el grano de trigo caído en el surco

que muere para que brote la espiga,

como Tú desde la cruz, que amas, perdonas y por todos entregas tu vida, como desde el sagrario, como tu presencia eucarística

que oculto bajo las especies te escondes dando la vida.

Así, tras unas rejas, entre muros, como cautiva de amor

 mi vida se gasta en silencio:

por los que no te conocen,

por los que te ignoran o te olvidan,

por aquellos que nunca sabrán que existe este modo de vida,

por los que pasan hambre y frío, por los pobres, por los enfermos, por los que padecen la guerra tan inhumana e injusta...

por todos, Señor, te he ofrecido mi vida.

Ya no tengo más que darte, ya solamente soy tuya.

Señor, hoy te presento este testimonio por si te vale,

mi pequeña luz ante tu luz infinita.

Por todo te doy las gracias... Por todo tu amor sin medida.

Te pido por tantos jóvenes que te ansían, que te buscan y que luchan con tanto anhelo por dar sentido a su vida.

Sal como peregrino, habla, mira... atrae con tu fuerza

sigue llamando y ofreciendo:

por nuestra nada, tu plenitud infinita

por nuestros pocos días, una eternidad sin medida.

Regala felicidad, paz y amor

a tantos jóvenes que del mundo están hastiados,

que todo les deja vacíos

que pasan de todo,

porque no encuentran lo que su corazón ansían.

Señor, Jesús,

hoy te hacemos esta oración, con fuerza, con valentía:

¡¡Llama, míranos y danos tu vida!!

Sor Magdalena López


 

MI VIDA PARA DIOS Y PARA LOS HOMBRES

 Se me ha pedido que comparta con vosotros mi historia vocacional y lo hago con cariño porque realmente ha sido y es una viva experiencia del amor que Dios ha derramado sobre mí desde mi infancia.

Me llamo Antonia Loro Gómez del Pulgar. Soy natural de Daimiel, de una familia cristiana, de trabajadores, la tercera de nueve hermanos. Cuando yo nací, ya habían fallecido de meningitis dos de corta edad. También yo enfermé de meningitis siendo pequeña. Ante esta circunstancia dolorosa para mi familia, mi madre visitó la iglesia de las Monjas Mínimas porque era muy devota de San Francisco de Paula y me ofreció a él pidiéndole mi curación. Enseguida quedé curada.Tras la primera Comunión formé parte de los Niños Reparadores. Era un grupo de niños y niñas que llevaban los Padres Pasionistas. Como era una sección de las Marías de los Sagrarios, Aniceta Álvarez era quien nos explicaba el Evangelio y nos enseñaba a hacer sacrificios en obsequio a Jesús para ayudar a todos. Recuerdo que en este grupo de niños estaba D. Jesús Torres, hoy sacerdote, Federico Baeza, Santos Herreros...

Desde pequeña empecé a comulgar diariamente y nunca me quedé sin comunión y sin misa.No puedo definir cómo comenzó mi vocación religiosa pues creció conmigo el amor y deseo de dar mi vida a Dios y hacer sacrificios por Él a fin de ayudar a todos los hombres. Siempre pensé en hacerlo en el convento de las Monjas Mínimas, no encontrando nunca resistencia en mis padres.

Ingresé recién cumplidos los veintiún años y al profesar tomé el nombre de Consuelo del Espíritu Santo.

Con gran gozo y gratitud a Dios y a mi Comunidad, os tengo que decir que en mis 56 años de vida religiosa he sido y sigo siendo inmensamente feliz y gozosa, con una alegría interior y una paz serena que me llena totalmente y mi único deseo es que toda la Humanidad pueda conocer la Verdad y el Amor de Dios para que llegue a participar de esta felicidad que comunica nuestro Padre Dios a cuantos a Él se abren.

Nada de cuanto pasa en el mundo y a cualquier persona, es ajeno para mi porque lo recojo como mío y lo presento ante el Señor en súplica constante, tanto en mi oración comunitaria con mis Hermanas de Comunidad, como en mi oración personal. Todo se lo encomiendo a la Virgen a quien amo intensamente y a mi Fundador San Francisco de Paula a cuya intercesión pongo todas las necesidades que conozco.

Para llegar a ellos, tomo como intercesora valiosa a la Venerable Sor Consuelo Utrilla con quién hice mi noviciado y valoro mucho su ejemplar vida y su empeño constante por una gran santidad y sus grandes deseos de irse al cielo que siempre manifestaba en su diario vivir.

En verdad es una gracia muy grande haber recibido el don de Dios para abrirme a su Verdad y a su Amor que me han ido desarrollando interiormente unas capacidades que nunca pude vislumbrar de gozo y de amor que puedo concretar en una sola palabra:

 

ENTREGA TOTAL DE DIOS A MI

Y DE MI POBRE PERSONA

A DIOS Y AL MUNDO ENTERO.

 


 

EN BÚSQUEDA DE LA VERDAD

Me llamo Mª Teresa Jiménez de los Galanes López Astillero, quisiera contaros un poco el itinerario de mi historia como creyente,  por si puede servir de ayuda. Me gustaría que en este pequeño testimonio que doy lo vierais como un homenaje o acción de gracias a Dios por la vida humana que me dio por medio de mis padres y sobre todo por la vida divina que recibí de Dios por medio del bautismo, por haber nacido en una familia cristiana y por haber sido hecha hija de la Iglesia.Creo que la vida del hombre es una búsqueda de la felicidad, o sea del Amor y Dios -nos dice San Juan en su Evangelio- es amor. El hombre ha sido hecho principalmente para amar. Es la sustancia de la que está hecho, es su tejido más hondo y, como decía San Agustín, inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti. El hombre puede amar en la medida en que participa de Dios, pues como decíamos, Dios es Amor.

En mi vida me sitúo entre los que han sido encontrados por Dios, como el hijo pródigo del que habla el Evangelio o como la oveja perdida a quien Dios encuentra o como el que encuentra el tesoro escondido la perla preciosa, y lo vende todo a cambio. A través de mi experiencia como cristiana  y sobre todo desde los años vividos como religiosa, como Monja Mínima cerca del Señor, he podido comprobar que lo más grande para un hombre, lo mejor que le puede pasar es que se encuentre con Dios, o mejor, que se deje encontrar por El. Pienso que la felicidad del hombre está en el encuentro con Dios y que Dios busca continuamente el encuentro personal con el corazón del hombre. Está como mirando por la ventana para ver si vuelve su hijo pródigo, al que ama entrañablemente, hasta el punto de entregar a su Hijo único a la muerte por todos nosotros. Dios me ha regalado dentro de la Iglesia, la misión la interceder por el mundo como orante, como contemplativa, para que el hombre descubra que ha sido amado por Dios hasta el extremo y, sobre todo para que conozca a Jesucristo como redentor del hombre, que ha venido a salvarle.

Ahora os ofrezco mi pequeño testimonio para que todo hombre pueda encontrarse, como yo me he encontrado, con el Dios que nos ama y que es Amor y solamente desea que éste sea feliz.

A mis doce o trece años, jugando con las amigas, solíamos preguntarnos y decirnos unas a otras cual sería nuestra ilusión en la vida: la de casarnos, tener hijos, ser médico, enfermera, etc. yo me preguntaba que en la vida tenía que haber algo más importante que todo eso. Pues yo me decía: sí, todo eso está bien, pero toda una vida dedicada a sólo eso y luego se acaba todo…. No, tiene que haber algo más. Y sin saber cómo, buscaba algo más. Hasta los 16 años casi 17 apenas salía de casa. Solamente me gustaba hacer deporte, ir a la sierra, al río, al campo. La naturaleza me encantaba. A los 17 años comencé a hacer atletismo y un día de los que íbamos a entrenar acompañada por otra amiga, nos encontramos cerrado el campo. Entonces pensamos en saltarnos la reja para poder entrenar. Yo fui a saltar la primera y resultó que me cogí a una farola –pintada del mismo color que la reja- que era de alta tensión. Noté como me atraía la electricidad, me quedé pegada y cuanto más tiraba para desprenderme más me atraía. Sentí que entraba como en un túnel oscuro. Al comienzo había como una pequeña luz, y notaba que se iba apagando, tuve la sensación de que me moría. Pasó por mi mente como la película de toda mi vida con detalles… pero también sentía con mucha fuerza que no podía morir, pues empecé a preguntarme qué había hecho de positivo y me salía responder: no he hecho nada que merezca la pena, sobre todo, no he amado. No he gastado mi vida en amar. Y me salía decir: Señor, estoy segura de que no muero, de que esto es una prueba en mi vida para que cambie y comience a vivir de verdad. Experimentaba como que me había encontrado de alguna manera con la verdad. Mientras tanto, no quería pedir socorro pues comprendía que mi amiga correría el mismo peligro que yo. Transcurrieron segundos y la amiga que me acompañaba dándose cuenta de lo que sucedía, vino a socorrerme. Ella me contó después que como llevaba zuecos de madera me golpeó con el pie y la farola me dio una sacudida, caí al suelo y perdí un momento el conocimiento.

Después de lo sucedido me encontraba cambiada. Todo me daba igual y mi único deseo era encontrar la verdad. Digo esto porque en los pocos meses que salía con estas amigas a mí me parecía que ese ambiente no era bueno, pues era un poco liberal. Yo me preguntaba continuamente dónde está la verdad y decía a estas amigas que nuestro ambiente no era bueno y que no estábamos en la verdad. Ellas me respondían que era un ambiente normal de jóvenes. Pero yo seguía continuamente preguntándome: ¡si alguien me dijera dónde está la verdad...!

A los pocos meses un día  en mi casa reflexionando dónde estaba la verdad cogí un libro de la biblioteca al azar resultando ser la Biblia, lo abrí también al azar y me salió por San Pablo a los Corintios donde dice: “ni los adúlteros, ni los borrachos... heredarán el reino de los cielos” entonces un poco asustada me respondí a mí misma: aquí está la verdad. Al rato me levanté de nuevo y volví a abrirla al azar y me salió el mismo texto. Entonces me puse a escribir lo que yo sentía en ese momento:

“Hace un día cálido, alegre y desenfadado. Parece como si todo viviente se hubiese puesto de acuerdo para romper con esa barrera de la monotonía y de la tristeza. Hoy por primera vez en mi vida necesito y quiero escribir lo que siento, pero me es tan difícil que a pesar de mis tremendas ganas no sé si podré expresar lo que siento. Tengo miedo, miedo de sacar ante mí algo tan oculto, tan profundo, no sé, me da miedo escucharme, es como si la unión de todo mi ser quisiese hablar. Además casi me encuentro incapaz de expresarme pues es como si mi auténtico yo, mi corazón y la unión de todo mi ser, quisiera sublevarse contra mí.

Hoy de pronto me siento otra, esa persona con la que siempre soñé, en mi ansiedad, en mi locura en la incertidumbre de la noche y en la soledad del día. Siento un no sé qué, como si me hubiesen robado algo y al mismo tiempo ese algo me hubiese devuelto todo, como si a mi cuerpo le hubiesen dado la savia para seguir viviendo y a mi espíritu la verdad de la vida y la falsedad de las cosas. Siento de pronto que necesito decir las cosas, sentirlas antes de hacerlas, que alguien me escuche, sí como si mi cuerpo y mi espíritu ya no pertenecieran a mí sola, como si mi planta ya no se conformase con el agua sino que necesitase la ayuda de un jardinero, el cuidado de unas manos y de una mente que entiende la belleza, la vida, la felicidad, la mentira, la verdad de las cosas. Noto que no me conformo con mi soledad y con mi tristeza sino que necesito esa doble soledad y tristeza que a la vez se funden en ese sosiego, en esa felicidad, en esa maravillosa realidad, en ese sueño tan perfecto pero tan difícil de tocar. La sangre me brota como a un manantial el agua que de pronto nace, sí nace y se da cuenta de que ha despertado, de que necesita correr por esos valles y sendas. Se da cuenta de que su deseo de correr es posible porque su naturaleza es fuerte, sus raíces son grandes, el agua que contiene es abundante. Se da cuenta que puede llegar allí donde se lo proponga porque sus raíces son inmensas, pero también se da cuenta de que su experiencia es débil y de que no debe precipitarse porque además todavía tiene mucho que descubrir, tiene mucho tiempo por delante. Piensa que su necesidad es grande y que debe cumplirla y también piensa: si corro demasiado puedo quedarme en la oscuridad, en la incertidumbre, en la desesperación, en la soledad de la tierra, en la oscuridad de una noche inmensa, en la imposibilidad de volver a correr. Siento que me falta algo, no sé, algo que para mí en estos momentos es savia, es el verdor de un árbol, es la flor de un rosal, es el aletear de un pájaro, la brisa del mar, la tranquilidad de la noche, la belleza de un atardecer, la armonía de un amanecer, el movimiento de las olas, el sonido del agua”.

A los pocos meses me invitaron un grupo de chicas a una reunión donde se juntaban a hablar de los problemas de la juventud y sobre todo de Dios. Allí descubrí que lo que yo buscaba en mi vida era ser cristiana en plenitud. Sentía dentro de mí que mi vocación era algo que estaba en la tierra, pero que era del cielo y que había muy pocas personas que la tenían; que estaba muy oculta y que era una vocación que no hacía falta ningún talento especial sino solamente saber amar. Por entonces eran los días de Semana Santa y estaba viendo en la televisión, una película de la Pasión del Señor. Al verla me dije a mí misma: me gustaría ser seguidora de Jesús, discípula suya. El Viernes Santo subí a un cerro con una amiga y una vez allí empecé a pensar: dicen que Dios Padre ha creado el mundo, que Jesús, su Hijo, nos ha redimido, entonces sentí dentro de mí un fuerte deseo de conocer a Jesús y me dije interiormente: Dios mío, enséñame, descúbreme quién es Jesús, no me bajo de aquí sin que me descubras quién es Jesús, porque yo quiero ser discípula suya. Hubo un momento que sentí la presencia de Jesús a  mi lado y -no sé cómo- sentí que ya lo conocía y era de los suyos. Estuvimos allí más de una hora. Con el tiempo comprendí que aquello que yo había experimentado, era hacer oración. Cuando bajé de allí me encontré con esta amiga y otras en un pub, y me encontraba cambiada, todo me daba igual, nada me llenaba, todo me parecía vacío y sentía dentro de mí un deseo grande de buscar, o mejor de encontrar, lo que buscaba.

Unos cuatro meses después me invitaron a ir a Santo Domingo de Silos (Burgos) a unas convivencias misioneras donde participaban más de dos mil jóvenes de varios países y misioneros de todo el mundo. Alguien me dijo que me vendría muy bien ir porque allí encontraría mucha luz. Yo estaba muy contenta y sentía dentro de mí que allí descubriría lo que buscaba y que era algo con relación a Dios pero me decía para mí: sacerdotes, para hombres, religiosa no me gusta, ¿pues qué será? Cuando llegamos a Silos, lo primero de todo sentí deseos de confesarme. Después vi a una religiosa, Hija de la Caridad, en la que encontré algo especial que me llamó la atención. En ella veía algo de Dios y pensé: ¡cuánto me gustaría hablar con esa persona! Cuando organizaron los grupos le dije a una joven de mi grupo: he visto a una religiosa que me gustaría mucho hablar con ella. Me contestó: que era imposible saber cuál era entre tantas. Dentro de los trabajos que había en los campamentos me tocó repartir la comida y me di cuenta que a esta religiosa le había tocada recoger la comida. Se lo dije a esta amiga y después de comer me dice: mira, esa religiosa con la que te gustaría hablar te está esperando debajo de aquel nogal. Estuve hablando con ella y le conté lo que yo sentía y me dijo: que era la llamada de Dios, la vocación a la vida religiosa, pero que no sabía si se trataba de vida activa o de vida contemplativa. Yo no sabía qué era eso de vida contemplativa y por la noche en la tienda de campaña me preguntaba: ¿qué será lo que Dios quiere para mí? ¿será ser misionera? El primer día del campamento me apunté al grupo de misioneros pero enseguida me di cuenta que no era eso lo mío,  deseaba entregarme a Dios pero haciendo el bien de otra manera, no dentro del ajetreo, sino más bien desde lo oculto.

En Silos estuvimos cinco días. El primer día por la tarde participé en la Eucaristía. Como por la mañana había confesado tenía grandes deseos de recibir la Eucaristía. Recuerdo que desde ese momento percibía que había encontrado lo que buscaba, pero que me faltaba saber el sitio concreto, me sentía feliz,  era como si se me hubiese caído un peso de encima, me sentía libre. Había sido tocada por la felicidad que buscaba. Dios había salido a mi encuentro y era feliz. El mundo me parecía maravilloso y comencé a ver todo de otra manera, todo tenía sentido: Dios me amaba. Durante estos cinco días me repetía a mí misma: tengo que encontrar el sitio antes de irme. Era un fuerte deseo dentro de mí y algo me decía que antes de llegar a mi casa lo encontraría. Comencé a hablar con otros sacerdotes y misioneras y todos me decían que tenía vocación, pero que no veían claro que fuera de vida activa, que a lo mejor era vida contemplativa. Yo no podía dormir preguntándome qué sería. El último día me dije: bueno, nos vamos y no he encontrado lo que busco, pero me repetía: lo he de encontrar antes de llegar. Ya en el autocar, al llegar a Madrid, me acordé de que hacía unos años mi madre me había dicho que tenía una prima que era monja, de unas que no salían y que era muy feliz. Y sentí dentro de mí: ¡esas van a ser!

Cuando llegamos a mi casa empecé a ir todos los días a misa temprano, rezaba el rosario y apenas salía. Mi madre me decía que me habían hecho un lavado de cerebro y comenzó a estar molesta y enfadada conmigo. A los pocos días le dije a mi tía me llevase a ver a su prima. Al llegar al convento de las Monjas Mínimas de Daimiel, me encontré la portería cerrada y mi tía me dijo: vámonos. Yo le contesté que no me iba sin ver a las monjas, pero como no había timbre teníamos que marcharnos. Al comenzar a andar me volví y al llegar al pretil de la iglesia volví la cabeza junto a la ventana de la capilla de Sor Consuelo, que estaba abierta, me asomé y vi a dos monjas, las llamé y se acercaron, mi tía les dijo que era su sobrina que tenía vocación y las quería conocer. Resultó que una de las monjas era la prima de mi madre. Fueron a preguntarle a la Madre Superiora si podía recibirme, volvió y me dijo que pasase al locutorio. Al entrar sentí: ¡este es el sito que busco! Comencé a hablar con la Madre y a contarle lo que sentía, ella me dijo que tenía vocación de vida contemplativa pero que debía descubrir cuál era el sitio. Estábamos a 26 de agosto y a primeros de septiembre le dije a la Madre si podía ingresar en el convento, a lo que me contestó que convenía un conocimiento mutuo, por tanto que podría estar un año fuera pensándolo y después lo decidiera. Pero ante el gran deseo que experimentaba le pregunté si a ella personalmente le parecía mal que entrase. Me dijo que no. Entonces le pedí exponerlo a Comunidad y aceptaron que entrase. Y fijé la fecha para el 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada.

A medida que se iba acercando la fecha de mi entrada en el monasterio la duda y el miedo hacia lo desconocido me asaltaban de una manera cada vez más fuerte. Unos no entendían mi decisión y me llamaban loca, otros egoísta y los menos decían que era desperdiciar mi vida. Cuando pensaba en la separación definitiva de mi familia el corazón me sangraba y hubiera dado cualquier cosa con tal de no hacerles sufrir. Mi madre me decía si no la quería,  y mis hermanos tampoco lo comprendían. Pero la fuerza de la vocación me hacía comprender que la renuncia a mi familia era por un amor superior, el suyo. Y he podido comprobar que desde aquel mismo momento, este amor se transforma en un amor más fuerte y puro. El mismo Señor nos unió con su amor para no separarnos jamás y, de alguna manera, han participado del don de mi vocación.

Hoy puedo decir que no me equivoqué que era mi sitio, porque gracias a Dios El me mostró el camino, pues a quien busca de verdad a Dios El le sale al encuentro, porque El nunca falla y si somos fieles experimentamos que El quiere siempre la felicidad del hombre y se la muestra al que la busca de verdad. Pienso que Dios es el verdadero protagonista de la historia del hombre y que el hombre es algo precioso a los ojos de Dios, es su tesoro al cual busca ávidamente porque como decía San Ireneo “el hombre es la gloria de Dios y Dios la gloria del hombre”. Se podría decir que Dios necesita al hombre para volcar en él su amor, no porque el hombre dé nada a Dios, sino porque Dios es amor y el amor es darse.

En mi vida he encontrado un tesoro y desde la clausura cada día lo ofrezco y me ofrezco junto con Jesús para que todo hombre se abra al amor de Dios.

Sor Mª Teresa de la Cruz- Monjas Mínimas

 


 

PARA DIOS Y PARA LOS HERMANOS

Con gran gozo me dispongo a contaros algo sobre mi propia historia vocacional y lo quiero hacer con una idea que me acompaña desde que tengo uso de razón: mi vida tiene que ser para Dios y para dar a conocer a Jesús.

 

Soy la cuarta de cinco hermanos, cuatro chicas y un chico (el benjamín). Mis padres son unos CREYENTES, con todas las letras en mayúscula y todos hemos sido educados en la fe, en el amor a Dios y a la Eucaristía, en el amor a la Virgen,  en moralidad y buenas costumbres; siempre he estado orgullosa de mis padres, nunca les he ocultado nada, al contrario y doy gracias a Dios por el bien que nos han hecho a todos.

 

Me brota comenzar con una anécdota que mi madre me recordó cuando ya estaba yo en el convento, muy pequeña debería de ser cuando ni me acordaba de ello, pero a ella se le grabó. Un día cuando salía de la Eucaristía con nosotras cuatro de la mano, dos a cada lado, nos decía que le pedía a Dios que teníamos que estar siempre así de unidas, dice que yo me quedé mirándola fijamente muy pensativa y le dije: “Mami, y si a mí me mandan de misionera a África o a Asia, ¿cómo vamos a estar unidas?”; a lo que mi madre me respondió: No hija, no me refiero a estar juntas, sino unidas. Yo debí entender algo y le respondí con una exclamación: ¡Ah! como si me quitara un peso de encima. Como es natural, no es que yo captara todo lo que conlleva eso de estar unidas pese a la distancia, etc.. pero algo debí de entender cuando suspiré. Pues cuento esto porque desde que me lo dijo, me sirve para agradecer más a Dios la madre que me ha dado, su talante de mujer y de cristiana. Es una enamorada de Cristo al igual que mi padre, sólo que a ellos les ha tocado vivir este enamoramiento en el matrimonio, así lo ha querido Dios. Y Él todo lo hace bien. En familia siempre he respirado unión y Evangelio.

 

Mis hermanos y yo hemos estudiado en un colegio de Religiosas Calasancias, donde se reforzó la formación cristiana que mis padres nos inculcaban y nos transmitían con su propia vivencia. Cuando llegaba el día del DOMUND, en todas las clases se repartían huchas para recaudar fondos y también nos estimulaban a aportar alguna pequeña cantidad, para que otros niños del Tercer Mundo que no conocían a Jesús pudieran recibir el bautismo, en fin, todo esto me entusiasmaba y me decía a mí misma: “… con lo feliz que yo soy cuando me hablan de Jesús, yo quiero llevar este mensaje a estos niños”, y así fue cómo en el colegio, cuando nos preguntaban qué queríamos ser de mayores, todos a una voz gritaban: ¡¡¡Rocío quiere ser misionera!!! Debía ser que no fuera muy normal, pero a mí no me importaba, yo quería transmitir la alegría que sentía de conocer a Jesús. Así transcurrió ni niñez, con estos deseos, que en casa también sabían, pero todavía era una niña, no obstante esa inclinación la llevaba siempre y no extrañaba en absoluto. Cuando tenía unos 10 años, mi madre nos trajo a las cuatro hermanas al convento de las Monjas Mínimas con otras muchas niñas que venían a cantar y hablar de Dios. De esos breves encuentros con las monjas tengo grabada una imagen: la alegría de todas ellas, tan es así que Dios me llevó a asociar esa alegría con la alegría que yo sentía al pensar en Cristo, o sea que poco a poco fui descubriendo cómo entre estos muros yo iba a vivir esa alegría en fraternidad, en familia, y siempre en Dios. No sé, es algo que se me grabó muy dentro y que me hizo ir intuyendo que Dios me quería misionera desde el convento de las Mínimas.

 

A los 14 años, antes de salir del colegio para entrar en el instituto, las religiosas organizaron unos pequeños días de retiro, en esos días, el sacerdote nos habló de Dios y se creó un clima especial. Al final, yo me sentía tan llena que me quedé la última para confesar y poder decir por primera vez a alguien que quería ser Mínima. Sin embargo aún no se lo dije a ellas. Pasó un tiempo y como que me olvidaba del tema, un poco por temor a equivocarme o por si era una ilusión, pero la cosa no se iba, estaba ahí. Mientras tanto mi hermana Chelo continuaba sus visitas a las monjas junto a su grupo de amigas, todas pertenecíamos a la Legión de María, (de ese grupo hoy somos 6 Mínimas) y a sus 18 años decidió entrar. Fue un bombazo en el instituto, yo estaba cursando 2º de BUP, lo que ahora es 4º de ESO, y recuerdo que todos me decían admirados, ¿pero que ha entrado tu hermana Chelo en el convento, pero está loca, cómo se la ha ocurrido? (porque ella era y es muy viva, estaba en la banda de música, en grupos folklóricos etc) y yo les decía: pues es que yo tampoco lo entiendo, no sé qué hace ahí (y es que estaba pasando una mala racha, como que no quería oír a Dios, no sé). Tenía yo 17 años. En esa época, las monjas organizaron un cursillo o convivencia en el locutorio, duraron 5 días, y podíamos dormir en la hospedería; aquel cursillo fue providencial, creo que decisivo. Nos dieron temas, nos hablaron de la oración, de la Iglesia, del Cuerpo Místico, de la vida religiosa y del carisma Mínimo. Al final de cada tema nos ponían preguntas que después de contestadas podíamos entregar a la Madre para que nos pusiese alguna observación; en las contestaciones se veía que Dios me estaba pidiendo claramente una respuesta, y las orientaciones de la Madre me llenaban tanto, que vi de verdad que la cosa que tenía dentro iba muy en serio y tenía que dar una respuesta ya. Una vez terminada la convivencia, a algunas se nos ofreció la posibilidad de una semana dentro del convento a modo de convivencia para poder discernir; no sé decir la emoción que sentí cuando se me dijo, estaba que no cabía dentro de mí de la alegría. Llegó el día, y estuvimos 7 chicas, hoy dos somos monjas (Sor Rosa María Ráez y yo). Entré convencida de que era mi lugar y salí más convencida todavía diciendo en mi interior: volveré para no salir jamás. A los 19 años ingresé con Sor Rosa María en un feliz 8 de diciembre de 1985, en el día de la Inmaculada. El más feliz de mi vida, después del día de mi profesión. Recuerdo con gran agradecimiento cómo el sacerdote con quien me confesaba, D. Miguel Ángel Angora, que estaba en la parroquia de San Pedro, antes de que yo misma le comunicara esta decisión, me la descubrió durante la confesión. Tanto a él como a los demás sacerdotes de mi pueblo les estoy muy agradecida, en realidad siempre he estado rodeada de buenos ejemplos, lo mire por donde lo mire, todo me ha ayudado a vivir para Dios y desde Dios.

 

¡ Ser  de  Dios !

 

Conforme voy relatando y recordando me brota una idea fija que no se ha borrado nunca de mi interior y que es lo único que siempre he deseado: SER DE DIOS,  en el momento oportuno Dios me lo concedió, ¿cómo y cuándo llegué a verlo con claridad? Eso no tiene una respuesta matemática, es una convicción que Dios infunde en el alma y que El se encarga de que brote al exterior y produzca fruto palpable de entrega y adhesión total. Es cuestión de AMOR y nada más.

 

Algo de eso es nuestra vida Mínima, y algo de eso he experimentado también yo antes de ingresar, en algunos raticos de rodillas ante el Santísimo expuesto ‘en las Mínimas’, como familiarmente se dice aquí. Mi oración era simplemente esta: Señor, si tú me quieres aquí, sólo te pido que en el momento de la decisión no lo dude, porque yo quiero lo que Tú quieras”  y así uno y otro día desde mis trece años hasta los 19 que dije eso que alguien ha sabido decir, que la llamada de Dios es coger y decir ‘allá voy’ y no hay más que hablar.  Y ¿sabéis? cuando me llegó el momento, no sé ni cómo, me descubrí plenamente convencida de que la mejor manera de vivir eso de SER DE DIOS Y PARA LOS HERMANOS, era precisamente ¡con las Mínimas!

 

Cada uno tiene que ver su propio camino y nadie puede optar por uno, Dios nos ayuda de mil maneras, una de ellas es por los consejos que recibimos, por una lectura, por un rato de oración, por una palabra a punto… son puertas por donde sutilmente entra Dios en la vida de uno, y Dios es tan sencillo que nos asombra cuando menos lo esperamos. Todo es Gracia en esta vida, sólo nos falta ver en las cosas, los acontecimientos, en la vida misma, esa mano amorosa de Dios que nos salva, redime y nos llena el alma de gozo y plenitud.

 

Desde que ingresé en el monasterio, puedo decir que nunca me he sentido defraudada, al contrario, cada día que ha pasado me he encontrado feliz, plenamente feliz, con unas hermanas que me quieren y luchan como yo, intentando caminar, en un ambiente de fidelidad, con la serenidad de una vida orientada exclusivamente hacia Dios, y con la inexpresable sensación del abrazo de Dios que te cautiva y te impulsa a abrazarlo y seguirlo hasta el pie de la Cruz. Es en resumidas cuentas lo que vivo, es un proceso que dura toda la vida y como es cuestión de Amor, pues nunca cansa, siempre es nuevo. Es más, como de lo que se trata es de SER PARA DIOS Y PARA LOS HERMANOS, todo lo que sobreviene, ya sean dificultades, limitaciones, cansancios y un largo etc, pues que hay ‘algo’, una fuerza interior, muy gratificante, que te hace seguir adelante y que encima te llena por dentro como nadie puede imaginar, una vivencia que no es fácil explicar con palabras, pero que al alma que vive y saborea el encuentro a solas con El, sí se puede explicar. Por eso lo que yo no puedo decir mejor, que el Espíritu  lo haga entender. Porque aquí de lo que se trata es de DEJARSE ENAMORAR.

 

Esta es mi experiencia: el deseo que siempre he tenido de comunicar que Jesús vive y nos ama, se ha acrecentado … ¡y con creces!,  es un Misterio hondo el saber que llegas allá donde nada ni nadie puede llegar, y todo dolor, toda alegría de cualquier ser humano, tú la haces tuya, ¡es tuya!, porque Dios así lo ha querido y porque lo que ha hecho es adentrarnos de tal manera en su mismo ser, que ya no soy yo la que reza o hace esto, sino que es Él. Pero es un don que se recibe gratuitamente.

 

A todos llevo en el corazón. Y termino animando a quienes de alguna manera se sienten llamados a la vida sacerdotal, religiosa o de clausura, a la vida matrimonial cristiana y coherente, ANIMO, hay cosas que no podemos entender, pero es que no se nos pide entender, sino asumir desde la fe y con el corazón abierto de par en par. Un abrazo y siempre unidos.

 

Vuestra hermana Sor Rocío de Jesús, Monja Mínima de Daimiel

 

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