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El Convento

Historia de la Fundación

Apuntes de Crónica….

 Pequeñas, “mínimas” como su nombre indica, pueden decir como San Pablo:

"Todo lo puedo en Aquel que me conforta"

 

Comunidad Contemplativa de Monjas Mínimas de Daimiel (Ciudad Real - España).

 Corría el año de Dios 1627 y su designio quiso que el amor que la villa de Daimiel profesaba a San Francisco de Paula y el deseo de una buena mujer Dª María Almansa trajeran hasta tierras manchegas a tres monjas Mínimas desde Antequera (Málaga) para fundar un monasterio donde "todas y cada una de sus monjas suspirasen por parecerse cada día más a Jesucristo, pobre y desnudo".

  Los comienzos no pudieron ser más modestos. La Providencia que les había traído a Daimiel no las abandonaría nunca, aún en los momentos más difíciles y tristes ellas sentirán su fuerza. "Sí el Señor es fiel, nosotras podemos fiarnos que todo será para bien".

  Asentadas ya en la que sería su casa para siempre, el Concejo adjudicó a la Mínimas la ermita de la Santísima Trinidad que les sirvió de Iglesia hasta el 1670, año en el que construyeron la actual.

  A los pocos meses de iniciarse la fundación la comunidad recibe a la primera hija de Daimiel que quiere unirse a la pequeña comunidad de Mínimas. Dª Isabel de Cárdenas tomará el nombre de Isabel de la Trinidad, seguramente haciendo referencia a la advocación a la que estaba consagrada la capilla que les servía de Iglesia. Muy pronto se unirán a ellas seis jóvenes más, lo que demuestra el atractivo que ejercía la vida austera y piadosa de estas mujeres.

 Más de tres siglos han pasado desde que la Comunidad de Mínimas dieran a luz en Daimiel una vida "llamada a reflejar el espíritu de humildad en medio de la Iglesia; esta humildad la expresarán en la sencillez de sus vidas, en su entrega amorosa y total a Dios y a los hombres". 

 Entrega, muchas veces envuelta en lágrimas y contradicciones que les purificarán de todo lo que no sea compartir toda la vida de Cristo Jesús en su Misterio Pascual, de forma muy particular en su anonadamiento y su humillación.

Si el comienzo fue una auténtica primavera, el siglo XIX llegó como un frío invierno donde la vida se ve probada y la confianza se acrisola hasta límites no pensados.

  La guerra de la Independencia y después las disposiciones de las Cortes de Cádiz que obligaban a abandonar el monasterio a las novicias, prohibiéndoles profesar, redujo en unos años la comunidad a tres hermanas.

  Ni estos hechos ni la posterior desamortización, por la que perdieron los pocos bienes que tenían, hicieron flaquear el ánimo aquellas mujeres entregadas a Dios y a los hermanos. "La alegría y el amor fraterno hacían de ellas un solo corazón y una sola alma" en el que sufrían y esperaban el designio de amor que Dios ha tenido siempre para con ellas.

  Suprimida la ley por la que las novicias se vieron obligadas a salir de la clausura, estas volvieron al monasterio, comenzando una etapa de expansión de la Comunidad.

 A pesar de la pobreza de medios en la que vivían, Dios las bendijo con nuevas y generosas vocaciones llegando a ser más numerosas que en la primera época de la fundación. Una vitalidad espiritual inusitada y un deseo de mayor perfección eran expresión de su vivencia interior.

 Después del paréntesis de la guerra civil en el que tuvieron que abandonar el monasterio convertido entonces en checa (cárcel), la vida Mínima se acrisoló aún más.

  En cuanto fue posible, volvieron al convento y comenzaron su reconstrucción con gran esfuerzo. "Santas o locas", era el comentario de las gentes de Daimiel, ¿cómo se atrevían a volver en la situación que estaba todo el edificio?.

  Adecentado un lugar para vivir volvieron a ser las de antes. La misma noche que volvieron retornaron al silencio. Los muros que las acogieron tres siglos antes escucharon sus cantos de acción de gracias y súplicas al Padre de la Misericordia y a la Virgen, Consuelo de los pobres.

Como si de un milagro se tratase, en el espacio de cinco años consiguieron rehacer su vida hasta el punto de poder enviar a tres hermanas al Monasterio de Archidona (Málaga)  y tres más al Monasterio de Sevilla para ayudarles.

 Enraizadas en el amor de Dios, la generosidad de esta comunidad no conoce límites. Desde entonces y como recoge un acta capitular "si es para agradar a Dios y para el bien de la Orden" la comunidad prescindirá de las hermanas que sean menester. 

 Si la Comunidad se desprendió de seis  hermanas, reduciéndose a doce, el Señor, en doce años, le dio veintiséis jóvenes, llegando la comunidad a tener treinta y cuatro monjas y cuatro novicias, por lo que pudieron seguir ayudando a otros monasterios de la Federación.

 Una de las aventuras más hermosas de esta Comunidad, por el amor que supone a la Iglesia y sin temor a empobrecerse han sido las recientes fundaciones.

 En 1993, siete hermanas de las más jóvenes partían para Italia a fundar un nuevo monasterio en Paula, lugar que viera nacer a su fundador San Francisco de Paula.

 El año 1999 la Comunidad envió a tres hermanas a Filipinas, donde en la ciudad de Lipa, en la Isla de Luzón, pudieran implantar la vida contemplativa Mínima allí inexistente.

 "Dios que nos llamó en su Iglesia, dicen ellas, nos llamó no para nosotras sino para Él y para el mundo".

 Actualmente la comunidad vive el gozo de quienes se siente amadas por Dios y reconocidas por todos los que las conocemos. 

 Capítulo aparte merece dar fe de la santidad de esta Comunidad, expresada perfectamente en la Venerable Sor Consuelo "Consuelito" para quienes tuvieron la gracia de conocerla. Por su importancia nos reservamos el hablar de ella en otro momento.

 

MONASTERIO NTRA.
SRA. DE LA VICTORIA

Mínimas, 13  apdo. 92

Tel: 926 850357 

13250-Daimiel  (Ciudad Real) España

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