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Un Rincón del Convento

 

PERTENECER AL SEÑOR…

“Hacen falta opciones valientes, tanto a nivel personal como comunitario, que impriman una nueva disciplina en la vida de las personas consagradas y las lleven a redescubrir la dimensión totalizante de la sequela Christi.

Pertenecer al Señor significa estar inflamados por su amor incandescente, ser transformados por el esplendor de su belleza: le entregamos a él nuestra pequeñez como sacrificio de suave olor, para que se convierta en testimonio de la grandeza de su presencia para nuestro tiempo, que tanta necesidad tiene de ser embriagado por la riqueza de su gracia.

Pertenecer al Señor: esta es la misión de los hombres y mujeres que han elegido seguir a Cristo casto, pobre y obediente, para que el mundo crea y sea salvado. Ser totalmente de Cristo para transformarse en una permanente confesión de fe, en una inequívoca proclamación de la verdad que hace libres ante la seducción de los falsos ídolos que han encandilado al mundo. Ser de Cristo significa mantener siempre ardiendo en el corazón una llama viva de amor, alimentada continuamente con la riqueza de la fe, no sólo cuando conlleva la alegría interior, sino también cuando va unida a las dificultades, a la aridez, al sufrimiento.

 

 

 

 

 

 





 

 

 

 

El alimento de la vida interior es la oración, íntimo coloquio del alma consagrada con su Esposo divino. Un alimento aún más rico es la participación diaria en el misterio inefable de la divina Eucaristía, en la que Cristo resucitado se hace constantemente presente en la realidad de su carne.

Para pertenecer totalmente al Señor, las personas consagradas abrazan un estilo de vida casto. La virginidad consagrada no se puede insertar en el marco de la lógica de este mundo; es la más "irracional" de las paradojas cristianas y no a todos les es concedido entenderla y vivirla (cf. Mt 19, 11-12). Vivir una vida casta significa también renunciar a la necesidad de aparecer, asumir un estilo de vida sobrio y modesto. Los religiosos y las religiosas están llamados a demostrarlo también con la elección del vestido, un vestido sencillo, que sea signo de la pobreza vivida en unión con Aquel que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8,9). Así, y sólo así, se puede seguir sin reservas a Cristo crucificado y pobre, sumergiéndose en su misterio y haciendo propias sus opciones de humildad, pobreza y mansedumbre…

En conclusión, los consagrados y las consagradas están llamados a ser en el mundo signo creíble y luminoso del Evangelio y de sus paradojas, sin acomodarse a la mentalidad de este mundo, sino transformándose y renovando continuamente su propio compromiso, para poder discernir la voluntad de Dios, lo que es bueno, grato a él y perfecto (cf. Rm 12, 2). Esto es precisamente lo que os deseo, queridos hermanos y hermanas; un deseo sobre el que invoco la maternal intercesión de la Virgen María, modelo insuperable de toda vida consagrada.”   (Benedicto XVI 22 mayo 2006).



EL ENCUENTRO PERSONAL CON EL AMOR DE JESÚS QUE NOS SALVA

La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más. Pero ¿qué amor es ese que no siente la necesidad de hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer? Si no sentimos el intenso deseo de comunicarlo, necesitamos detenernos en oración para pedirle a Él que vuelva a cautivarnos. Nos hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial. Puestos ante Él con el corazón abierto, dejando que Él nos contemple, reconocemos esa mirada de amor que descubrió Natanael el día que Jesús se hizo presente y le dijo: «Cuando estabas debajo de la higuera, te vi» (Jn 1,48). ¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva! Entonces, lo que ocurre es que, en definitiva, «lo que hemos visto y oído es lo que anunciamos» (1 Jn 1,3). La mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es contemplarlo con amor, es detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón. Si lo abordamos de esa manera, su belleza nos asombra, vuelve a cautivarnos una y otra vez. Para eso urge recobrar un espíritu contemplativo, que nos permita redescubrir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza, que ayuda a llevar una vida nueva. No hay nada mejor para transmitir a los demás.

Toda la vida de Jesús, su forma de tratar a los pobres, sus gestos, su coherencia, su generosidad cotidiana y sencilla, y finalmente su entrega total, todo es precioso y le habla a la propia vida. Cada vez que uno vuelve a descubrirlo, se convence de que eso mismo es lo que los demás necesitan, aunque no lo reconozcan: «Lo que vosotros adoráis sin conocer es lo que os vengo a anunciar» (Hch 17,23). A veces perdemos el entusiasmo por la misión al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas, porque todos hemos sido creados para lo que el Evangelio nos propone: la amistad con Jesús y el amor fraterno. Cuando se logra expresar adecuadamente y con belleza el contenido esencial del Evangelio, seguramente ese mensaje hablará a las búsquedas más hondas de los corazones: «El misionero está convencido de que existe ya en las personas y en los pueblos, por la acción del Espíritu, una espera, aunque sea inconsciente, por conocer la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre el camino que lleva a la liberación del pecado y de la muerte. El entusiasmo por anunciar a Cristo deriva de la convicción de responder a esta esperanza».

 

El entusiasmo evangelizador se fundamenta en esta convicción. Tenemos un tesoro de vida y de amor que es lo que no puede engañar, el mensaje que no puede manipular ni desilusionar. Es una respuesta que cae en lo más hondo del ser humano y que puede sostenerlo y elevarlo. Es la verdad que no pasa de moda porque es capaz de penetrar allí donde nada más puede llegar. Nuestra tristeza infinita sólo se cura con un infinito amor.

 

Pero esa convicción se sostiene con la propia experiencia, constantemente renovada, de gustar su amistad y su mensaje. No se puede perseverar en una evangelización fervorosa si uno no sigue convencido, por experiencia propia, de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo. No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo sólo con la propia razón. Sabemos bien que la vida con Él se vuelve mucho más plena y que con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo. Por eso evangelizamos. El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera. Si uno no lo descubre a Él presente en el corazón mismo de la entrega misionera, pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie.

 

Unidos a Jesús, buscamos lo que Él busca, amamos lo que Él ama. En definitiva, lo que buscamos es la gloria del Padre, vivimos y actuamos «para alabanza de la gloria de su gracia»(Ef 1,6). Si queremos entregarnos a fondo y con constancia, tenemos que ir más allá de cualquier otra motivación. Éste es el móvil definitivo, el más profundo, el más grande, la razón y el sentido final de todo lo demás. Se trata de la gloria del Padre que Jesús buscó durante toda su existencia. Él es el Hijo eternamente feliz con todo su ser «hacia el seno del Padre» (Jn 1,18). Si somos misioneros, es ante todo porque Jesús nos ha dicho: «La gloria de mi Padre consiste en que deis fruto abundante» (Jn 15,8). Más allá de que nos convenga o no, nos interese o no, nos sirva o no, más allá de los límites pequeños de nuestros deseos, nuestra comprensión y nuestras motivaciones, evangelizamos para la mayor gloria del Padre que nos ama.

(EXHORTACIÓN APOSTÓLICA EVANGELII GAUDIUM DEL SANTO PADRE FRANCISCO 264-267)


 

MARÍA POR TU AMOR

 

Dulcísima María ... yo te ofrezco 

mi vida, sobre el ara de tu amor

me consagro a tu amor perpetuamente

en alma y corazón.

Los pétalos azules de la dicha

las cárdenas espinas del dolor,

todo...así...Madre mía te lo ofrezco..

 ¡MARÍA!...¡POR TU AMOR!...

 

Mis horas de expansión y de trabajo

mis horas de recreo y de oración

mis luchas...mis victorias, mis coronas

MARÍA ...¡POR TU AMOR!

 

Las noches de vigilia y de descanso

los días de aridez y de fervor

los ratos de sosiego y tentaciones

MARÍA...¡POR TU AMOR!

 

¡Por tu amor...Por tu amor!...

Yo te lo ofrezco

como guirnalda de exquisito olor,

una guirnalda que tejí con lágrimas...

pero ...¡Con mucho amor!...

 

Cuando la hiel rebose de mi cáliz

Yo acercaré mis labios con fruición

y te diré al beberla lentamente

MARÍA... ¡POR TU AMOR!

 

Cuando sienta en mi cuerpo desgarrado

los azotes de mi flagelación

Yo te diré al compás de mis chasquidos

MARÍA... ¡POR TU AMOR! ...

 

Cuando la cruz del padecer me pese,

 Cuando me abrase como en un crisol,

 Cantaré como pueda mi estribillo,

 MARÍA... ¡POR TU AMOR! ...

 

Por tu amor!... Es la estrella que me orienta

 Cuando todo es de noche alrededor

 La Polar de mi vida… Flor –recuerdo

 De mi consagración

 

 ¡Por tu amor! Esta idea me enardece

 porque ella cristaliza una ilusión;

 la ilusión de mi vida... Mi divisa

 

¡MARÍA!...¡POR TU AMOR!...

 

 ¡Por tu amor! Es el lema que he bordado

 con fibras de mi sangre y corazón

 en la blanca bandera de mi Reina

 MARÍA... ¡POR TU AMOR!”

 

 

¡Por tu amor! Por tu amor... Es mi plegaria

 desde que nace hasta que muere el sol

 y será al expirar ‘mi consumatum’

 MARÍA... ¡POR TU AMOR!

 

(Oración que repetía la Venerable Sor Consuelo)

 

 


 

 


Feliz Pascua de Resurrección

 

 

 

¡CRISTO HA RESUCITADO, ALELUYA, ALELUYA!

 

Es un gozo poder contemplar en esta Pascua a Cristo Resucitado, radiante, glorioso, pleno. En el Viernes santo no acabó todo como creían los discípulos… El domingo de Pascua sorprendió luminoso con la respuesta definitiva del Padre: el sepulcro está vacío porque ¡Cristo ha Resucitado! Esta sí es la última palabra del Padre que con nuestra resurrección, al final de los tiempos concluirá definitivamente.

Pero ya ahora si hemos muerto con Cristo, participamos de su Resurrección. Y ¿Cómo sabremos si hemos resucitado? Resucitar con Cristo cada día significa una vida de conversión continua poniendo siempre a Cristo en el centro. Caminar de bien en mejor es centrarnos cada vez más en Él. Si vemos que algunas cosas tratan de ponerse en el centro, incluso queriendo suplantar a Cristo, hemos de convertirnos para centrarnos de nuevo sólo en El.

Resucitar con Cristo significa que Él sea nuestro único centro y toda nuestra vida puesta a sus pies. Si hemos resucitado con Cristo seremos cada vez mejores cristianos. Que nuestro caminar de bien en mejor se exprese en una vivencia de Cristo en nuestra vida.

Resucitar con Cristo significa cantar ALELUYA, cantarlo con la boca y con el corazón. Que seamos un Aleluya para Cristo y para todos, de tal manera que quien nos vea cante también Aleluya y todos cantando Aleluya glorifiquemos al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo y lleguemos un día a la ciudad eterna donde sólo se canta ALELUYA.

¡FELIZ  PASCUA  DE  RESURRECCIÓN!



LA CUARESMA: Tiempo de exigencia y de alegría

 

 

No es morir sino que es rejuvenecer. Es convertir nuestra vida en NUEVA.

 

Iniciamos esta camino cuaresmal con deseos sinceros de conversión, iluminados por la Palabra, así como los primeros discípulos siguieron a Jesús fiándose de Él, fundándose en su Palabra: “En tu palabra, echaré las redes'".

 

Y en su Palabra continúa nuestra andadura en la cuaresma comenzando con el signo elocuente de la imposición de la ceniza, y la exhortación a la conversión. Es la Palabra de Dios la que nos invita a la conversión y da sentido a la imposición de la ceniza: conviértete y cree en el Evangelio.

 

Nos recuerda el inicio de la Cuaresma el grito de San Juan Bautista: Dad el fruto que pide la conversión (Mt 3,8), que es lo mismo que nos dice San Francisco de Paula cuando nos exhorta a dar frutos dignos de penitencia, ¡convertíos sinceramente!

Cuánto más cerca de Dios, mayor conciencia de pecado. El pecado es ese alejarte de Dios: es ese quedarte a mitad de camino, es ese vivir sin ilusión, sin generosidad, es quejarnos de todo. Tener conciencia de pecado nos hace realmente humildes y tener ganas de cambiar. Somos pecadores y cuando uno tiene conciencia de su pecado, es más comprensivo, perdona, es más cercano a los demás, acaban las quejas y murmuraciones contra los demás.
Viene a punto recordar con todos el nº 11 de nuestras Constituciones: “Estimen la vocación recibida para vivir como hermanas, unidas en fervor de caridad por amor a Dios y prometan vivirla día tras día en auténtica y constante conversión a la caridad perfecta, mediante la profesión de los consejos evangélicos comunes a la vida religiosa y del imperativo evangélico convertíos y haced frutos dignos de penitencia (Mt 3, 2.8)”.

 

La cuaresma es tiempo para acrecentar la oración, la limosna y el ayuno. Es tiempo para renovar la adhesión a Jesucristo, muerto y resucitado. Tiempo para guiarnos por el camino de una profunda y progresiva reflexión comunitaria y personal. Hemos sido llamados a vivir en la Iglesia y juntos nos preparemos para la Gran Celebración Pascual. Es tiempo de meditar, muy especialmente, la Palabra, para que ella reviva en nosotros y en la Iglesia la confianza, el valor, el deseo de testimoniar con nuestras vidas a Cristo el Señor, superando toda dificultad y desánimo.

¿Creemos sinceramente que podemos cambiar? ¿Dónde ponemos nuestra mirada?

Benedicto XVI ha dicho que "es necesario tener confianza en su fuerza que actúa precisamente en nuestra pobreza; es necesario confiar cada vez más en la potencia de su misericordia, que transforma y renueva. Y nos ha recalcado que a nosotros nos corresponde echar las redes con fe, el Señor hace el resto".

 

Y el Papa Francisco en su mensaje nos dice que la Cuaresma: “anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida”. (Papa Francisco mensaje Cuaresma 2018). El pueblo de Dios tiene necesidad de renovación para no ser indiferente, para no cerrarse en sí mismo… es el deseo del Papa, abrirnos al hermano necesitado, oremos en esta cuaresma con intensidad, practiquemos el ayuno, la oración y la limosna, todos por todos. Dios nos guía. Abrámonos a su Gracia y a su Amor.


GASTARSE POR CRISTO

En la última etapa de su corta existencia terrena, Consuelo, radiante de felicidad, abraza la vida Mínima de San Francisco de Paula porque quiere entregarse a Cristo en pobreza y austeridad. Al traspasar el umbral del Monasterio no pudo contener su gozo y pidió a las monjas: “Vayamos a cantar el Magnificat a la Virgen en acción de gracias. Cantemos, que es una gracia muy grande ésta que me ha hecho la Virgen. ¡Vamos a darle gracias!”. Estaba como fuera de sí, se la veía contenta y feliz.

 

Con su forma propia de ser, supo empeñarse en el camino de la santidad sin otro objetivo que GASTARSE POR CRISTO y por los demás. La radicalidad del lema de Sor Consuelo tiene su fuerza precisamente en que es una vivencia personal, un deseo hecho vida, y la realidad de un alma que ha experimentado la lucha diaria, que se ha tomado en serio la santidad, que probada por la enfermedad acrecienta heroicamente este deseo, que no cesa en su empeño y que desde una vida de entrega y fidelidad constante, se convierte finalmente en un auténtico testigo de Cristo.

 

 

 

Así es como Sor Consuelo, abierta plenamente a la acción del Divino Espíritu, hace su ofrenda victimal de amor y dolor en manos de María el 22 de agosto de 1954, día dedicado entonces a honrar su Corazón Inmaculado. Dos años de enfermedad purificadora en el cuerpo y en el espíritu la llevarán a la configuración con Cristo Crucificado. Pero para cerrar así su vida hicieron falta muchas horas de fidelidad callada y silenciosa, de vencimiento propio y de mortificación. Como el dorado grano de trigo, buscó el surco pobre y austero de la Orden Mínima y al calor de su lema CARIDAD, la bella espiga floreció fecunda en amor y virtudes para gloria de Dios, de la Iglesia y del mundo entero.

A los treinta y un años concluyó su peregrinación terrena, con sólo nueve años de permanencia en el monasterio. Pasados treinta y nueve años de su partida a la Casa Paterna, recibe de la Congregación para la Causa de los Santos el reconocimiento de haber vivido las virtudes evangélicas de una forma heroica a través del Decreto ‘Super Virtutibus’, que el Papa San Juan Pablo II aprobó e hizo público el 15 de diciembre de 1994:

 

“El modelo de santidad en ella propuesto por la Iglesia, es de los más actuales e imitables, especialmente para la juventud, pura y generosa, así mismo para los consagrados al amor de Jesús y María, particularmente en la vida contemplativa”.

 


“Ha aparecido la bondad y amor”

 

El buey y la mula del Belén hacen alusión a la cita de  Isaías: “El buey conoce a su amo y el asno, el pesebre de su dueño; ¡pero Israel no conoce, mi pueblo no tiene entendimiento!” (Is 1,3). Ahí tenemos a estos animales tan cerca de su Dios. Representan la sabiduría puesto que, de algún modo, están reconociendo a su dueño y señor.  Ahí está el recién nacido que es Amor, que es la omnipotencia suma, la verdad y el amor infinitos y ¿dónde están todos los sabios de la tierra, los reyes y sacerdotes… dónde están todo su pueblo que esperaba al Mesías..? Sólo ante José y María están los animales y los pastores, los más ignorantes y pecadores de su tiempo... son los únicos que supieron reconocer al Dios venido a la tierra porque la sabiduría del mundo es necedad ante Dios y lo que no cuenta para el mundo es lo reconocido por Dios.

 

Quisiera en esta Navidad que fuéramos “necios por Cristo”, o sea, locos de amor por El y que nos encuentre en espera fiel ante su venida. Que demostremos nuestra sabiduría en permanecer ante nuestro Señor contemplando su bondad y amor, porque “ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre” y sólo requiere nuestra acogida para recibirla. Que contemplemos esta bondad y amor, que nos llene su misericordia… que contemplemos verdaderamente este misterio hasta quedar repletas de bondad y amor. Y ¿cómo sabremos si nuestra contemplación es verdadera?. La respuesta nos la dará el hermano que tengo al lado… si hemos sabido transmitir este calor de amor, esta bondad que hemos recibido,  notará el calor de tu amor y con su sonrisa agradecida te lo dará a conocer. Si por el contrario echamos un jarro de agua fría  y nos mostramos ásperos… habrá que examinar nuestra contemplación.

 

La bondad y el amor recibido nos empaparán de tal modo que lo vamos a rezumar. Que lo vamos a contagiar a nuestro alrededor. Y brotará como un río la alegría que se transmitirá al mundo entero….

 

Pero ¡silencio! Que viene la Palabra y se encarna en medio del silencio. No más voces, no más palabras, una sola es la Palabra y se encarnó en medio del silencio. Contemplemos el misterio y que todo nuestro ser se postre en adoración.

 

Santa y Feliz Navidad.

Monjas Mínimas

 


JESÚS, EL TESORO DE NUESTRA VIDA

 Jesús es el tesoro de nuestra vida y hace falta capacidad y virtud para descubrir un tesoro, juzgamos el valor de una cosa por nuestra capacidad y creemos que no tiene valor porque nosotros no tenemos capacidad para valorar ese tesoro, sucede con el arte... y sobre todo con la música. Esto ocurre también ante el Evangelio, la culpa no es de la Palabra, es nuestra, que somos incapaces de contemplar cómo Dios es el mayor tesoro de nuestra vida. El tesoro que Dios otorga para quien sabe contemplar la riqueza que hay detrás del conocimiento de Dios, es la sabiduría, el discernimiento. En sentido bíblico no es saber de todo, es saber ver en los acontecimientos las huellas de Dios impresas, es saber apreciar aquellos momentos en los que Dios nos ha tocado; si somos incapaces de hacer esto, nos falta el don de Sabiduría.

Y S. Pablo nos lo dice de otra manera en Rm 8,28: "A los que aman a Dios todo les sirve para el bien"; para los que aman a Dios todos los acontecimientos (los buenos y los malos, los de alegría y los de sufrimiento), de todo se saca el bien. Cuando solamente vemos con pesimismo nuestras vidas, nos falta fe, esperanza y amor. Cuando uno se acerca a Dios, sabe que todo le sirve para el bien y eso produce alegría.

 

Al alejarse de Dios uno se vuelve triste, al acercarse a Dios uno se vuelve alegre, este es el sentido profundo del tesoro que Dios nos da con la sabiduría. Dios nos toca, guía nuestras vidas y de todo saca el bien. Tarde o temprano este tesoro descubierto producirá el fruto de la alegría. Es el fruto que produce este tiempo de adviento. El adviento, tiempo de gracia, de crecimiento en la espera, de sonrisa en el alma porque miramos al futuro y lo vemos lleno. No dejemos de crecer.
Es el Espíritu Santo quien interioriza a Jesús en nosotros y nos enseña desde dentro, convierte en experiencia viva al Maestro interior.

¿Cómo deberíamos caminar en el adviento? ¿No es verdad que es tiempo en que sonríe el alma? ¿A quién esperamos? A JESÚS. Pero Él ya está con nosotros, y esta certeza produce un canto en el corazón.

El canto de los creyentes es un canto de fe, es para alivio de nuestro trabajo: “cantan, pero caminan” Camina-adelanta, pero en el bien. Es el sentido de este tiempo litúrgico, también de nuestro camino de fe: “canta y camina”. En las pruebas es difícil pensar que Dios está cerca de mí, pero la fe me dice que Él está cerca de mí. El adviento nos recuerda que el Señor ha venido, nos espera y camina con nosotros en estas dificultades, ¡canta y camina! ¡Espera! Canta porque frente a ti está la esperanza cristiana, y puedes llevar las dificultades porque Jesús ha venido. El adviento no es una ficción histórica, ¡ya ha venido! Pero hoy esperamos su esperanza, hoy estamos con nuestros problemas y necesitamos su salvación. El canto es nuestra esperanza, frente a toda dificultad está Jesús, pero ... no lo vemos pero creemos. ¡Es el camino de fe! La esperanza nos impulsa a cantar, a vivir con tranquilidad nuestras dificultades, porque al final del camino está Dios que nos espera”.

Dejemos que el Espíritu de Jesús nos llene el alma de sonrisa y abramos nuestro corazón para recibirle con fe.

 

Monjas Mínimas de Daimiel


 

VIVIR A CRISTO EN SANTIDAD

 

Vivir a Cristo en santidad de vida! Es la tarea del cristiano.

Oh Jesús, se necesitan personas y comunidades enteras que se lo tomen en serio. Podemos cambiar el ritmo de la historia y el rumbo de la sociedad si con espíritu abierto, nos unimos a Ti y asumimos plenamente tu vida, tu santidad, con una visión esperanzadora del futuro.

 

Desde el retiro de nuestra clausura ¡esto es posible! ¡o me entrego totalmente o no hay entrega!

Asimilar tu vida, ser testigos de tu amor ante el mundo… ¡Esta es la razón de nuestra entrega: dar a Cristo a los hombres! Jesús sigue vivo y actual en la Iglesia a través nuestro, “yo en oración unida a Cristo… mi oración no es mía, es suya” ¡Qué gracia tan inmensa y qué responsabilidad tan grande! 

Es descubrir a la Iglesia que camina y que sigue buscando hacer la voluntad del Padre.

 

Seguimos a Alguien que llevamos dentro y si lo llevo dentro, lo poseo y he de configurarme con El: “Quien come mi carne y bebe mi sangre, mora en Mí y Yo en él”.

Como creyente en camino, que ha recibido el don de vivir sólo para Dios por la salvación del mundo, deseo lo esencial de este estilo de vida: vivir la unión con Cristo Jesús para vivir la plenitud de la santidad. Que Cristo brote de nosotros, porque nos llena en totalidad.

¡Jesús el centro de mi vida, de una manera constante, perseverante, fiel! Vivir la experiencia del amor, ¡qué don tan grande! Para eso he dejado todo, para vivir íntimamente unida a Él. Que todo nos sirva para unirnos a Él y orientarlo a Él!

Oh sí, es el clamor que gime en nuestro interior, es como si Dios nos urgiera por dentro, y en las palabras del pastor que guía las almas y nos exhorta:

¡Rebosaréis de alegría porque sois poseedoras de Cristo! Despojaos de lo que os aparta de este camino. Es cuestión de orientar la vista hacia dentro, no hacia fuera, para mirar todo desde Dios. Vivid así y experimentaréis una gran felicidad. Adelantaréis el cielo. La vida religiosa es un gran don que hemos de guardar con mimo, experimentalmente, hemos de rebosar y vivir sólo y SÓLO para Dios y para los hermanos!

 

Monjas Mínimas Daimiel


LA GLORIA DE MARÍA

 

La gloria de María, …fue una gloria llena, una gloria completa, a diferencia de la que gozan los otros Santos en el cielo. Esta reflexión es muy hermosa; pues si bien es cierto que en el cielo todos los bienaventurados gozan una paz perfecta y completo contento, sin embargo siempre será verdad que ninguno de ellos disfruta de aquella gloria que hubiera podido merecer, si hubiese servido y amado a Dios con mayor fidelidad. De aquí es que si bien los Santos en el cielo no desean más de lo que poseen, sin embargo tendrían aún que desear. Es verdad igualmente que allí no se sufre pena alguna por los pecados cometidos y el tiempo perdido, pero es innegable que causa sumo contento el mayor bien que se hizo en vida, el haber conservado la inocencia y empleado mejor el tiempo.

 

 

María en el cielo nada desea y nada tiene que desear. "¿Cuál de los Santos —dice San Agustín —, a excepción de María, puede decir que no ha cometido ningún pecado? Ella no cometió jamás culpa alguna ni cayó en defecto alguno; y esto es cierto, porque así lo ha definido el santo concilio de Trento. No sólo no perdió jamás ni oscureció la divina gracia, sino que nunca la tuvo ociosa: no hizo acción que no fuese meritoria, no profirió ninguna palabra, no tuvo pensamiento, no respiró jamás sin que tuviese por objeto la mayor gloria de Dios. En suma, jamás se entibió su afecto, ni paró un solo momento de correr hacia Dios, nunca perdió nada por su descuido, de manera que siempre correspondió a la gracia con todas sus fuerzas, y amó a Dios tanto como pudo amarle. Señor, le dice ahora en el cielo, si no os he amado tanto como Vos merecéis, a lo menos os he amado cuanto he podido.

…De María escribe el salmista estas palabras: A tu diestra está la Reina con vestido bordado de oro y engalanada con variados adornos (Ps. 44, 10); y esto lo dice, precisamente, porque todas las gracias y prerrogativas y méritos de los demás santos se hallan reunidos en María, como dice el abad de Celles: "¡Oh afortunada Virgen María!, todos los privilegios de los demás habéis logrado atesorarlos en vuestro corazón".

 Por manera que, como dice San Basilio, la gloria de María supera a la de los demás bienaventurados, bien así como el resplandor del sol vence en claridad a la claridad de todas las demás estrellas. Y San Pedro Damiano añade: "Que así como la luz del sol eclipsa el resplandor de la luna y de las estrellas, y las deja como si no existieran, así también delante de la gloria de María queda velado el esplendor y la gloria de los hombres y de los Ángeles, como si no estuviesen en el Cielo." San Bernardino de Sena afirma con San Bernardo "que los bienaventurados participan de la gloria de Dios como con tasa y con medida, al paso que la Virgen María está tan abismada en el seno de la divinidad que parece imposible que una pura criatura pueda estar más unida con Dios que lo está María Santísima". Añádase a esto lo que dice San Alberto Magno: "Colocada María más cerca de la divinidad que todos los espíritus bienaventurados, contempla a Dios y goza de Dios incomparablemente más que todos ellos." Y va más adelante San Bernardino de Sena, ya citado, y dice que "así como el sol ilumina a los demás planetas, así también toda la corte celestial recibe gozo y alegría muy cumplidos con la presencia de María". Y San Bernardo asegura también que "al entrar en el Cielo la gloriosa Virgen María se aumentó el gozo de todos sus dichosos moradores". Por eso está en contemplar a esta bellísima Reina. "Veros a Vos — dice el Santo dirigiéndose a María — es, después de la visión de Dios, el colmo de la felicidad". Y San Buenaventura pone en boca de los bienaventurados estas palabras: "Después de Dios, nuestro mayor gozo y nuestra mayor gloria tienen su fuente en María".

 

Alegrémonos por ser la exaltada nuestra Madre. Pongamos en ella toda nuestra esperanza. Alegrémonos y regocijémonos con nuestra Madre, al verla en el Paraíso sublimada por Dios a tan excelso trono. Alegrémonos también, porque si hemos perdido la presencia corporal de nuestra augusta Señora por haber subido al cielo, esto no obstante, su afecto maternal no nos desampara; pues estando más cerca de Dios, conoce mejor nuestras miserias y se compadece de ellas y las socorre con más facilidad y prontitud. "¡Por ventura será posible — exclama San Pedro Damiano— que Vos, oh bienaventurada Virgen María, después de haber sido glorificada en el Cielo, os hayáis olvidado de nosotros, pobres pecadores! No; líbrenos Dios de pensar tal cosa, que no es propio de un corazón tan misericordioso como el vuestro olvidarse de miserias tan grandes como las nuestras." "Si grande fue la misericordia de María —dice San Buenaventura—mientras peregrinó por este nuestro destierro, mucho mayor es ahora, que reina en los Cielos".

 

Entremos, por tanto, al servicio de esta Reina, honrémosla y amémosla con todas nuestras fuerzas. "Porque esta nuestra augusta Soberana —dice Ricardo de San Lorenzo — no es como los otros reyes, que agobian a sus vasallos con alcabalas y tributos, antes por el contrario, distribuye con larga mano entre sus servidores dones de gracias, tesoros de méritos, riquezas celestiales y otras magníficas recompensas." Acabemos diciéndole con el abad Guerrico: "¡Oh Madre de misericordia! Ya que estáis tan cerca de Dios, sentada como Reina del mundo en trono de majestad, saciaos y embriagaos de la gloria de vuestro Hijo, pero repartid las sobras entre vuestros siervos. Sentada a la mesa del Señor, gustáis de los más exquisitos manjares; nosotros, como hambrientos cachorrillos, estamos aquí en la tierra, como debajo de la mesa; compadeceos de nosotros." (Alfonso María de Ligorio).

 


 

EL AGUA VIVA DEL ESPÍRITU SANTO

 

El agua que yo le dé se convertirá en él en manantial de agua viva, que brota para comunicar vida eterna. Se nos habla aquí de un nuevo género de agua, un agua viva y que brota; pero que brota sólo sobre los que son dignos de ella. Mas, ¿por qué el Señor da el nombre de agua a la gracia del Espíritu? Porque el agua es condición necesaria para la supervivencia de todas las cosas, porque el agua es el origen de las plantas y de los seres vivos, porque el agua de la lluvia baja del cielo, porque, deslizándose en un curso siempre igual, produce efectos diferentes. Diversa es, en efecto, su virtualidad en una palmera o en una vid, aunque en todos es ella quien lo hace todo; ella es siempre la misma, en cualquiera de sus manifestaciones, pues la lluvia, aunque cae siempre del mismo modo, se acomoda a la estructura de los seres que la reciben, dando a cada uno de ellos lo que necesitan.

 

 De manera semejante, el Espíritu Santo, siendo uno solo y siempre el mismo e indivisible, reparte a cada uno sus gracias según su beneplácito. Y, del mismo modo que el árbol seco, al recibir el agua, germina, así también el alma pecadora, al recibir del Espíritu Santo el don del arrepentimiento, produce frutos de justicia. Siendo él, pues, siempre igual y el mismo, produce diversos efectos, según el beneplácito de Dios y en el nombre de Cristo.

En efecto, se sirve de la lengua de uno para comunicar la sabiduría; a otro le ilumina la mente con el don de profecía; a éste le da el poder de ahuyentar los demonios; a aquél le concede el don de interpretar las Escrituras. A uno lo confirma en la temperancia; a otro lo instruye en lo pertinente a la misericordia; a éste le enseña a ayunar y a soportar el esfuerzo de la vida ascética; a aquél a despreciar las cosas corporales; a otro más lo hace apto para el martirio. Así, se manifiesta diverso en cada uno, permaneciendo él siempre igual en sí mismo, tal como está escrito: A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad.

 

Su actuación en el alma es suave y apacible, su experiencia es agradable y placentera y su yugo es muy suave. Su venida va precedida de los rayos brillantes de su luz y de su ciencia. Viene con la bondad de genuino protector; pues viene a salvar, a curar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar, en primer lugar, la mente del que lo recibe y, después, por las obras de éste, la mente de los demás.

 

Y, del mismo modo que el que se hallaba en tinieblas, al salir el sol, recibe su luz en los ojos del cuerpo y contempla con toda claridad lo que antes no veía, así también al que es hallado digno del don del Espíritu Santo se le ilumina el alma y, levantado por encima de su razón natural, ve lo que antes ignoraba.

San Cirilo sobre el Espíritu Santo


 

¡CRISTO HA RESUCITADO ALELUYA, ALELUYA!

Y  si Cristo ha resucitado, nuestra fe es cierta

Nuestra esperanza tiene sentido

Porque el amor perdura.

La vida vence a la muerte porque el mal tiene un límite y sólo el amor es eterno.

La luz vence a las sombras y dichosos aquellos que hacen vida la Gloria del Resucitado.

 

Realmente si Cristo ha resucitado necesitamos proclamarlo. No podemos quedarnos en los temores, las desilusiones y los sufrimientos,… hemos de proclamar con nuestra vida la Resurrección, dando frutos de conversión que son las obras de la luz. Contagiar al mundo de la alegría del Resucitado como profetas de la Pascua dando  testimonio de la fe que es diálogo con Jesús más allá de la muerte y del amor que es afirmar al otro como hijo del Padre y entonces se hacer fraternidad.

 

El otro es de Dios, como yo. Jesús es plenamente el Amado, como Hijo del Padre… Deja que Jesús te llame por tu nombre … que te conozca por tu nombre y así podremos nosotros reconocerle a Él en plenitud.

  • Y vivamos con gozo unidos a María. Ella experimentó la Resurrección de un modo especial. El momento del gran estallido resuena en lo más profundo de su corazón y la invade una energía de vida nueva. Ella conoció el momento, ella siempre vivió la Resurrección. Ella que había muerto en el calvario, volvió a la vida en la noche santa de Resurrección. Todo encontró sentido. Comprendió en breves instantes todo lo que su Corazón guardaba sin comprenderlo. Comprendió la profecía que Simeón le anunció, comprendió lo que había leído en Isaías de sufrimiento del Mesías, comprendió por fin cuales eran las “cosas de su Padre” que debía realizar. Y como un nuevo alumbramiento, como de un nuevo parto, nació ella misma de El, como Madre de la Iglesia. Ella que simbólicamente nos fue entregada al pie de la cruz, ahora por la fuerza de la Resurrección nace para ser Madre de todos los hombres.
  • ¡Que María sea siempre nuestra guía y nuestra ayuda para encontrar a Jesús!

 


 

NUESTRA MIRADA EN CRISTO

Debemos centrar nuestra mirada en Cristo, únicamente en El y caminar aceptando lo que a lo largo del camino nos va presentando, así de sencillo. Que hoy no entiendo por qué me rebelo, por qué sufro, por qué me cuesta amar en verdad, gozarme con la felicidad del otro, por qué me duele tanto verme imperfecta, limitada, etc. Todas estas preguntas y más, sólo se responden desde el convencimiento de mi ser pecador hasta tal punto que, si soy fiel, llegaré a decir con verdad: “Señor, soy una persona pecadora,  quiero cumplir la voluntad de Dios y no me olvido de mí” y desde este convencimiento El irá haciendo su obra, pero se trata de saber hondamente que El es quien hace la obra, y yo sólo tengo que dejarme llevar. Me dirás ¿cómo sé que me dejo llevar? Cuando me dejo de complicaciones, y acepto lo que se me presenta como venido de su mano, lo entienda o no. Otra cosa es que tenga que pedir orientación en determinadas circunstancias, pero lo normal, lo diario, sólo se recorre con mucho amor y sólo amor. En el fondo es lo que Cristo hizo, siempre pendiente del Padre, unido al Padre, en abrazo amoroso con el Padre, viniera lo que viniera, era la voluntad del Padre. Por tanto, para caminar con firmeza tienes que adentrarte en su Corazón y vivir la experiencia del Cantar. Entonces todo se relativiza, nada puede ocupar tu interés, ni siquiera tu propia perfección. Porque Dios lo único que quiere es un corazón abierto que se deje enamorar. Desde esta perspectiva se quedan ridículas todas nuestras preguntas, todos nuestros interrogantes, no se trata de entender nada, sino de ENTREGA Y OLVIDO DE SÍ. Y la voluntad de Dios se manifiesta en el acontecer diario de mil maneras, y el Espíritu Santo se encarga de hacérnoslo ver, también las personas que nos pone en el camino y nos ayudan, sin duda.

Mi querido hermano, es obvio que nos cuesta morir, pero no hay otro camino. Sigue orando con insistencia, para que este deseo se acreciente. Conforme se avanza, Dios va pidiendo más y al mismo tiempo va regalando más, por eso viene esa sensación de querer vivir su Misterio. No olvides que aun siendo el mismo camino a recorrer, la intensidad no puede ser la misma para todos. Hay que responder desde la situación concreta, y conforme se vaya haciendo, El se encargará de ir iluminando el camino, y si pide algo más, no hay que dudar en pronunciar el Fiat. La entrega a Dios se puede vivir en cualquier estado que El disponga, ahora bien, si hay insatisfacción, anhelo de algo más, puede que sea indicio de una entrega mayor. Después de todo lo dicho sólo deseo que te encuentres feliz y tus anhelos de Dios se vean colmados. Por hoy vale….

¿CÓMO LO VIVO YO DESDE MI CONSAGRACIÓN COMO MONJA MÍNIMA?

Pues la respuesta es al mismo tiempo sencilla y profunda, porque se trata siempre de mi relación personal con Cristo. Mi vida es para El, soy de El, por tanto cuanto más me entrego a El, más se me va concediendo la gracia de identificarme con su vida. Esto es todo un proceso que dura toda la vida. Contamos con la gracia de Dios, la acción directa e indirecta del Espíritu y mi respuesta personal, lo entienda o no, tenga ganas o no, me cueste o no, lo vea claro o no. El quid es fijar la mirada en Cristo, es decir, olvidarme de mí, porque cuando no me olvido de mí, vienen los porqués: ¿y por qué tengo que aceptar que el otro me haga la vida imposible? ¿y por qué tengo que vivir en continua lucha? ¿por qué este sufrimiento? ¿por qué esta situación? ... Sólo hay una respuesta: OLVIDARME DE MÍ y RENDIR MI VOLUNTAD. O sea, lo que la Virgen dijo: FIAT. Y en definitiva lo que Cristo nos enseña: “Padre que no se cumpla mi voluntad sino lo que tú quieres”. También a Cristo le costó asumir esta voluntad, como humano que es, y este sudar sangre nos está indicando que el camino del seguimiento es costoso, pero no hay otro camino. Y tengo que decirte que Dios pide cada día un poquito más, y nunca puedo decir, YA, siempre hay algo que entregar, porque el Amor es así, dinámico, siempre en activo. Por tanto hay que estar siempre en tensión, a la expectativa de lo que Dios nos va pidiendo y cuando un alma está abierta, bien se encarga Dios de introducirla en su Corazón crucificado, pero que muy bien. En este actuar de Dios hay que tener en cuenta mucho la confianza, El sabe cómo hacerlo, a mí me toca fiarme y volver a repetir continuamente. ADONAY, AMEN. 

Vivo el Misterio de la entrega a Cristo como única referencia de mi caminar. No tengo otro quehacer, otra ocupación. Esta es una gran ventaja, es una gracia inmerecida a la que tengo que responder con fidelidad si quiero que fructifique, porque hace falta la colaboración, la respuesta personal. La diferencia entre tú y yo, por ejemplo, es que el deseo común que Dios nos infunde de vivir entregadas, tú lo vives desde otras ocupaciones y yo como única ocupación, es cuestión de vocación, llamada de Dios, que por otra parte cada uno escucha en su interior, pero esto ya lo sabes.

Tu hermana Sor Rocío de Jesús.


 

JESÚS Y LA CREACIÓN

Jesús vivía en armonía plena con la creación, y los demás se asombraban: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?» (Mt 8,27). No aparecía como un asceta separado del mundo o enemigo de las cosas agradables de la vida. Refiriéndose a sí mismo expresaba: «Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen que es un comilón y borracho» (Mt 11,19). Estaba lejos de las filosofías que despreciaban el cuerpo, la materia y las cosas de este mundo. Sin embargo, esos dualismos malsanos llegaron a tener una importante influencia en algunos pensadores cristianos a lo largo de la historia y desfiguraron el Evangelio. Jesús trabajaba con sus manos, tomando contacto cotidiano con la materia creada por Dios para darle forma con su habilidad de artesano. Llama la atención que la mayor parte de su vida fue consagrada a esa tarea, en una existencia sencilla que no despertaba admiración alguna: «¿No es este el carpintero, el hijo de María?» (Mc 6,3). Así santificó el trabajo y le otorgó un peculiar valor para nuestra maduración. San Juan Pablo II enseñaba que, «soportando la fatiga del trabajo en unión con Cristo crucificado por nosotros, el hombre colabora en cierto modo con el Hijo de Dios en la redención de la humanidad» 

 

Para la comprensión cristiana de la realidad, el destino de toda la creación pasa por el misterio de Cristo, que está presente desde el origen de todas las cosas: «Todo fue creado por él y para él » (Col 1,16). El prólogo del Evangelio de Juan (1,1-18) muestra la actividad creadora de Cristo como Palabra divina (Logos). Pero este prólogo sorprende por su afirmación de que esta Palabra «se hizo carne» (Jn 1,14). Una Persona de la Trinidad se insertó en el cosmos creado, corriendo su suerte con él hasta la cruz. Desde el inicio del mundo, pero de modo peculiar a partir de la encarnación, el misterio de Cristo opera de manera oculta en el conjunto de la realidad natural, sin por ello afectar su autonomía.

El Nuevo Testamento no sólo nos habla del Jesús terreno y de su relación tan concreta y amable con todo el mundo. También lo muestra como resucitado y glorioso, presente en toda la creación con su señorío universal: «Dios quiso que en él residiera toda la Plenitud. Por él quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz» (Col 1,19-20). Esto nos proyecta al final de los tiempos, cuando el Hijo entregue al Padre todas las cosas y «Dios sea todo en todos» (1 Co 15,28). De ese modo, las criaturas de este mundo ya no se nos presentan como una realidad meramente natural, porque el Resucitado las envuelve misteriosamente y las orienta a un destino de plenitud. Las mismas flores del campo y las aves que él contempló admirado con sus ojos humanos, ahora están llenas de su presencia luminosa. (Laudato si, 98-100)

 


 

El Papa Francisco a las Contemplativas:


Q
ueridaHermanasEmundo y lIglesionecesitacom«faros» quiluminaecamindlohombres y dlamujerednuestrtiempo.Que seesta vuestrprofecíaVuestropciónelhuiddemundpomiedocompiensaalgunosVosotraseguíestandeemundosisedemundyaunquestéiseparadademundo,pomedidsignoquexpresavuestrpertenencia a CristoncesáidintercedeconstantementpolhumanidadpresentandaSeñosutemores y suesperanzassugozos y susufrimientos.

 

 

Nnoprivéidestvuestrparticipacióelconstrucciódumundmáhumano y potantmáevangélicoUnidas a Diosescuchaeclamodvuestrohermanos y hermanaqusoctimadl«culturdedescarte»,oqunecesitasencillamentdlludeEvangelioEjercitaoeeartdescuchar,«quemáquoír»practical«espiritualidadlhospitalidad»acogiendevuestrcorazón y llevandevuestroraciólquconciernahombrcreado a imagen y semejanzdDios. ComhescritelExhortacióaposlicEvangeligaudium«intercedennoapartdlverdadercontemplaciónporqulcontemplacióqudejfuera a lodemáeuengaño». 

Destmodovuestrtestimoniserá ucomplementnecesaridequlos contemplativos eel corazódemundo dan testimonideEvangelio, permaneciendtotalmentinmersoelarealidades y elconstrucciódla ciudad terrena.

  QueridaHermanacontemplativasbiesabéiquvuestrformdvida consagrada,aiguaqutodalademás«edon parlIglesianacela Iglesia,crecelIglesiaestá todorientadhacilIglesia». Vivid, pueseprofunda comuniócolIglesipara seeellvivprolongaciódel misteridMarívirgenesposa y madrequacoge y guardlPalabrpara devolverlamundo,contribuyendasí a quCristnazca y crezceel corazódlohombresedientosaunque a menudo dmanerinconsciente, dAqueque«caminoverdad y vida». AiguaquMaría,sed tambiévosotra«escalera» por lquDiobajparencontraahombre y el hombrsubparencontrar a Dios y contemplasrostreel rostrde Cristo. (Vultum Dei quaarere, 36-37)


 

SOBRE LOS GRADOS DE LA CONTEMPLACIÓN

  El primer grado de la contemplación: pensar constantemente qué es lo que quiere el 

Señor, qué es lo que le agrada, qué es lo que resulta aceptable en su presencia. Y, pues todos faltamos a menudo, y nuestro orgullo choca contra la rectitud de la voluntad del Señor, y no puede aceptarla ni ponerse de acuerdo con ella, humillémonos bajo la poderosa mano del Dios altísimo y esforcémonos en poner nuestra miseria a la vista de su misericordia, con estas palabras: Sáname, Señor, y quedaré sano; sálvame y quedaré a salvo. Y también aquellas otras: Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra ti.  

 

 

  •  Una vez que se ha purificado la mirada de nuestra alma con esas consideraciones, ya no nos ocupamos con amargura en nuestro propio espíritu, sino en el espíritu divino, y ello con gran deleite. Y ya no andamos pensando cuál sea la voluntad de Dios respecto a nosotros, sino cuál sea en sí misma. 

 

 Y, ya que la vida está en la voluntad del Señor, indudablemente lo más provechoso y útil para nosotros será lo que está en conformidad con la voluntad del Señor. Por eso, si nos proponemos de verdad conservar la vida de nuestra alma, hemos de poner también verdadero empeño en no apartarnos lo más mínimo de la voluntad divina. 

Conforme vayamos avanzando en la vida espiritual, siguiendo los impulsos del Espíritu, que ahonda en lo más íntimo de Dios, pensemos en la dulzura del Señor, qué bueno es en sí mismo. Pidamos también, con el salmista, gozar de la dulzura del Señor, contemplando, no nuestro propio corazón, sino su templo, diciendo con el mismo salmista: Cuando mi alma se acongoja, te recuerdo. 

 

En estos dos grados está todo el resumen de nuestra vida espiritual: Que la propia consideración ponga quietud y tristeza en nuestra alma, para conducir a la salvación, y que nos hallemos como en nuestro elemento en la consideración divina, para lograr el verdadero consuelo en el gozo del Espíritu Santo. Por el primero, nos fundaremos en el santo temor y en la verdadera humildad; por el segundo, nos abriremos a la esperanza y al amor.

  (Sermones de San Bernardo)



SI QUIERES SABER SOBRE ESTAS COSAS…. PREGUNTA...

        • Para contemplar a Cristo Crucificado de un modo perfecto, hay que abandonar toda especulación de orden intelectual y concentrar en Dios la totalidad de nuestras aspiraciones. Esto es algo misterioso y secretísimo, que sólo puede conocer aquel que lo recibe, y nadie lo recibe sino el que lo desea, y no lo desea sino aquel a quien inflama en lo más íntimo el fuego del Espíritu Santo, que Cristo envió a la tierra. Por esto dice el Apóstol que esta sabiduría misteriosa es revelada por el Espíritu Santo.
        •  
        • Si quieres saber cómo se realizan estas cosas, pregunta a la gracia, no al saber humano; pregunta al deseo, no al entendimiento; pregunta al gemido expresado en la oración, no al estudio y la lectura; pregunta al Esposo, no al Maestro; pregunta a Dios, no al hombre; pregunta a la oscuridad, no a la claridad; no a la luz, sino al fuego que abrasa totalmente y que transporta hacia Dios con unción suavísima y ardentísimos afectos. Este fuego es Dios, cuyo horno, como dice el profeta, está en Jerusalén, y Cristo es quien lo enciende con el fervor de su ardentísima pasión, fervor que sólo puede comprender el que es capaz de decir: Preferiría morir asfixiado, preferiría la muerte. 

El que de tal modo ama la muerte puede ver a Dios, ya que está fuera de duda aquella afirmación de la Escritura: Nadie puede ver mi rostro y seguir viviendo. Muramos, pues, y entremos en la oscuridad, impongamos silencio a nuestras preocupaciones, deseos e imaginaciones; pasemos con Cristo crucificado de este mundo al Padre, y así, una vez que nos haya mostrado al Padre, podremos decir con Felipe: Eso nos basta; oigamos aquellas palabras dirigidas a Pablo: Te basta mi gracia; alegrémonos con David, diciendo: Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi herencia eterna.

Cristo es el camino y la puerta. Cristo es la escalera y el vehículo, él, que es el propiciatorio colocado sobre el arca de Dios y el misterio oculto desde los siglos. El que mira plenamente de cara este propiciatorio y lo contempla suspendido en la cruz, con fe, con esperanza y caridad, con devoción, admiración, alegría, reconocimiento, alabanza y júbilo, este tal realiza con él la pascua, esto es, el paso, ya que, sirviéndose del bastón de la cruz, atraviesa el mar Rojo, sale de Egipto y penetra en el desierto, donde saborea el maná escondido, y descansa con Cristo en el sepulcro, como muerto en lo exterior, pero sintiendo, en cuanto es posible en el presente estado de viadores, lo que dijo Cristo al ladrón que estaba crucificado a su lado: Hoy estarás conmigo en el paraíso.

Bendito el Señor por siempre, y todo el pueblo diga: «¡Amén!» (Cfr  San Buenaventura)


    • LA ALEGRÍA: BELLEZA DE LA CONSAGRACIÓN…
    • «Ésta es la belleza de la consagración: es la alegría, la alegría» Lalegría de llevar a todos la consolación de Dios. Son palabradePapa Francisco durante eencuentrcon los seminaristas, los novicios y las novicias.«No hasantidaen la tristeza!»continúa eSanto Padrenestéis tristecomo quienes no tieneesperanza, decía SaPablo (1T4,13).

 

      • Lalegría no es un adorno superfluo, eexigencia y fundamento de la vida humana. En ean de cada día, todo hombre y mujer tiende a alcanzar y vivir la alegría con todo su ser.

 

    • En el mundo con frecuencia viene a faltala alegría. No estamos llamados a realizagestos épicos ni a proclamapalabraaltisonantes, sino a testimoniala alegría quproviendla certezde sentirnos amados y de la confianzdsesalvados. 
    • Nuestrmemoria brevnuestra experiencia frágil nos impiden a menudo alcanzala "tierrde la alegría" donde podegustar ereflejo de Dios. Tenemos mil motivos parpermanecer en la alegría, la cual se nutren la escucha creyente perseverante dla Palabrde Dios. En la escuela del Maestro, se escuchpara que mi gozo esté evosotros, y vuestro gozo secolmado (Jn 15, 11-20)nos entrenamos así eeejercicio de la perfecta alegría.
  • «Ltristeza y el miedo deben dejar paso a la alegría: "Festejad…gozad…alegraos», dice el Profeta(66,10). Es una gran invitación a la alegría.Todo cristiano,sobre todo nosotros, estamos llamados a ser portadores de este mensaje de esperanza que da serenidad y alegría: la consolación de Dios, su ternura parcon todos. Pero sólo podremos seportadores si nosotros experimentamos antes la alegría de seconsolados por Él, de ser amados por Él Yo he encontrado algunas veces a personaconsagradas que tienen miedo dela consolación de Dios, y pobres, pobres, se atormentan, porque tienen miedo de esta ternura de Dios. Pero no tengan miedo. No tengan miedo, el Señor es el Señor de la consolación, eSeñor de la ternura. El Señor es Padre y Él dice que hará con nosotros como una ma con su niño, con su ternura. No tengan miedo dela consolación del Señor».

 

Al llamaros…

 

 

  • «Al llamaros Dios os dice: "¡Tú eres importantpara mí, te quiero, cuento contigo!Jesús a cada uno de nosotros nos dice esto. ¡De ahí nace la alegría! La alegría del momento eel que Jesús me ha mirado. Comprender y sentir esto es el secreto de nuestralegría. Sentirse amado por Dios, sentir que para Él no somos números, sino personas;y sentir que es Él quien nos llama». (De la carta  a los religiosos "alegraos" con palabras del Papa Francisco)

 


 

ESPÍRITU DE LUZ ESPÍRITU DE SANTIDAD…

¿Quién, habiendo oído los nombres que se dan al Espíritu, no siente levantado su ánimo y no eleva su pensamiento hacia la naturaleza divina? Ya que es llamado Espíritu de Dios y Espíritu de verdad que procede del Padre; Espíritu firme, Espíritu generoso, Espíritu Santo son sus apelativos propios y peculiares.

Hacia él dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación; hacia él tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa, y su soplo es para ellos a manera de riego que los ayuda en la consecución de su fin propio y natural.

El es fuente de santidad, luz para la inteligencia; él da a todo ser racional como una luz para entender la verdad. Aunque inaccesible por naturaleza, se deja comprender por su bondad; con su acción lo llena todo, pero se comunica solamente a los que encuentra dignos, no ciertamente de manera idéntica ni con la misma plenitud, sino distribuyendo su energía según la proporción de la fe. Simple en su esencia y variado en sus dones, está íntegro en cada uno e íntegro en todas partes. Se reparte sin sufrir división, deja que participen en él, pero él permanece íntegro, a semejanza del rayo solar cuyos beneficios llegan a quien disfrute de él como si fuera único, pero, mezclado con el aire, ilumina la tierra entera y el mar.

Así el Espíritu Santo está presente en cada hombre capaz de recibirlo, como si sólo él existiera y, no obstante, distribuye a todos gracia abundante y completa; todos disfrutan de él en la medida en que lo requiere la naturaleza de la criatura, pero no en la proporción con que él podría darse. Por él los corazones se elevan a lo alto, por su mano son conducidos los débiles, por él los que caminan tras la virtud llegan a la perfección. Es él quien ilumina a los que se han purificado de sus culpas y al comunicarse a ellos los vuelve espirituales.

Como los cuerpos limpios y transparentes se vuelven brillantes cuando reciben un rayo de sol y despiden de ellos mismos como una nueva luz, del mismo modo las almas portadoras del Espíritu Santo se vuelven plenamente espirituales y transmiten la gracia a los demás. De esta comunión con el Espíritu procede la presciencia de lo futuro, la penetración de los misterios, la comprensión de lo oculto, la distribución de los dones, la vida sobrenatural, el consorcio con los ángeles; de aquí proviene aquel gozo que nunca terminará, de aquí la permanencia en la vida divina, de aquí el ser semejantes a Dios, de aquí, finalmente, lo más sublime que se puede desear: que el hombre llegue a ser como Dios

 

"Hacia él (el Espíritu) se vuelve todo lo que tiene necesidad de santificación. Le desean todos los que viven según la virtud, como refrescados por su soplo y ayudados en orden a su propio fin natural…. es plenitud inmediata, fundado en sí mismo y presente en todas partes.

Manantial de santificación, luz inteligible, abastece por sí mismo a toda facultad racional de algo así como cierta claridad para que encuentre la verdad. Inaccesible por naturaleza, aunque comprensible por su bondad, todo lo llena con su poder, pero solamente participan de él los que son dignos, y no con una participación de única medida, sino que reparte su poder en proporción de la fe. Simple en la esencia, es variado en sus maravillas, presente por entero a cada uno, también está por entero en todas partes.

Repartido sin mengua de su impasibilidad, se le comparte enteramente, a imagen del rayo solar, cuyo favor se presenta a quien lo goza como si fuera el único, a la vez que alumbra a tierra y mar, y se mezcla con el aire. Así también el Espíritu, presente a cada uno de los dispuestos a recibirle, como si cada uno fuera el único, proyecta suficientemente sobre todos su gracia íntegra: de ella gozan los participantes según la capacidad de su misma naturaleza, y no según la posibilidad del Espíritu. (El Espíritu Santo de San Basilio de Cesarea)

 

 

 


 

¡CANTEMOS ALELUYA PORQUE ES ETERNA SU MISERICORDIA!

Nos sumergimos en el Misterio pascual que manifiesta plenamente el amor salvífico de Dios, rico en misericordia. Es en la pasión, muerte y resurrección de Cristo donde se expresa en toda su profundidad la misericordia de Dios.

En la cruz es Cristo quien clama misericordia a la humanidad y al Padre pero sólo halla por respuesta el rechazo del hombre y el silencio del Padre, llegando al total abandono. Pero este silencio estalla en eclosión de Palabra, de luz, de vida, en la Resurrección y se convierte para nosotros en fuente, manantial, y océano de misericordia que nos envía a raudales por sus llagas de Resucitado.

La cruz de Cristo, no es la última palabra del Dios de la alianza: esa palabra será pronunciada en aquella alborada, cuando las mujeres primero y los Apóstoles después, venidos al sepulcro de Cristo crucificado, verán la tumba vacía y proclamarán por vez primera: «Ha resucitado». Ellos lo repetirán a los otros y serán testigos de Cristo resucitado. Creer en el Hijo crucificado significa «ver al Padre», significa creer que el amor está presente en el mundo y que este amor es más fuerte que toda clase de mal… Creer en ese amor significa creer en la misericordia.…

 

En su resurrección Cristo ha revelado al Dios del amor misericordioso, precisamente porque ha aceptado la cruz como vía hacia la resurrección…“Cristo, Hijo de Dios… se revela a sí mismo como fuente inagotable de la misericordia… El Cristo pascual es la encarnación definitiva de la misericordia, su signo viviente: histórico-salvífico y a la vez escatológico. En el mismo espíritu, la liturgia del tiempo pascual pone en nuestros labios las palabras del salmo: «Cantaré eternamente las misericordias del Señor” (cfr Dives Misericordiae, 7-8)

Contemplemos en las llagas del Resucitado la Divina Misericordia, que supera todo límite humano y resplandece sobre la oscuridad del mal y del pecado. …El Rostro de la Misericordia es Jesucristo, Jesucristo resucitado. Dirijamos la mirada a Él lleno de dulzura, de misericordia, de ternura y viviremos en esperanza.. Es el Señor a quien buscamos en las profundidades secretas del propio ser.

Como nos dice el Papa Francisco:  Con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso podemos percibir el amor de la Santísima Trinidad. La misión que Jesús ha recibido del Padre ha sido la de revelar el misterio del amor divino en plenitud. «Dios es amor» (1 Jn 4,8.16)…. Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona y ofrece gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza… llevan consigo el distintivo de la misericordia. En él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión”. (Misericordiae vultus, 8)

Y para esta Pascua tengamos este estribillo en el fondo de nuestra alma: Porque es Eterna su misericordia” y “Cantaré eternamente las misericordias del Señor”, es como un intento por romper el círculo del espacio y del tiempo para introducirlo todo en el misterio eterno del amor. Es como si se quisiera decir que no solo en la historia, sino por toda la eternidad el hombre estará siempre bajo la mirada misericordiosa del Padre. (cfr bula MV 7)

Contemplemos con María cómo su misericordia pasa de generación en generación. “Además María es la que de manera singular y excepcional ha experimentado —como nadie— la misericordia y, también de manera excepcional, ha hecho posible con el sacrificio de su corazón la propia participación en la revelación de la misericordia divina… María pues, es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina. Sabe su precio y sabe cuán alto es. En este sentido la llamamos también… Madre de la divina misericordia  (DM 9).

¡Aleluya, aleluya, sea nuestro canto, porque es eterna su misericordia!


LA MISERICORDIA, BELLEZA DEL AMOR

La misericordia divina es «la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado», el primer anuncio que «siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis». La Misericordia entonces «expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer», restableciendo de ese modo la relación con él. Y, en Jesús crucificado, Dios quiere alcanzar al pecador incluso en su lejanía más extrema, justamente allí donde se perdió y se alejó de Él. Y esto lo hace con la esperanza de poder así, finalmente, enternecer el corazón endurecido de su Esposa.

 

La misericordia de Dios transforma el corazón del hombre haciéndole experimentar un amor fiel, y lo hace a su vez capaz de misericordia. Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales. Ellas nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu, y sobre los que seremos juzgados: nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo. Por eso, expresé mi deseo de que «el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales.

Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina». En el pobre, en efecto, la carne de Cristo «se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga... para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado». Misterio inaudito y escandaloso la continuación en la historia del sufrimiento del Cordero Inocente, zarza ardiente de amor gratuito ante el cual, como Moisés, sólo podemos quitarnos las sandalias; más aún cuando el pobre es el hermano o la hermana en Cristo que sufren a causa de su fe.

 

Ante este amor fuerte como la muerte, el pobre más miserable es quien no acepta reconocerse como tal. Cree que es rico, pero en realidad es el más pobre de los pobres. Esto es así porque es esclavo del pecado, que lo empuja a utilizar la riqueza y el poder no para servir a Dios y a los demás, sino parar sofocar dentro de sí la íntima convicción de que tampoco él es más que un pobre mendigo. Y cuanto mayor es el poder y la riqueza a su disposición, tanto mayor puede llegar a ser este engañoso ofuscamiento. Llega hasta tal punto que ni siquiera ve al pobre Lázaro, que mendiga a la puerta de su casa, y que es figura de Cristo que en los pobres mendiga nuestra conversión. Lázaro es la posibilidad de conversión que Dios nos ofrece y que quizá no vemos. Y este ofuscamiento va acompañado de un soberbio delirio de omnipotencia, en el cual resuena siniestramente el demoníaco «seréis como Dios» que es la raíz de todo pecado. Ese delirio también puede asumir formas sociales y políticas, como han mostrado los totalitarismos del siglo XX, y como muestran hoy las ideologías del pensamiento único y de la tecnociencia, que pretenden hacer que Dios sea irrelevante y que el hombre se reduzca a una masa para utilizar. Y actualmente también pueden mostrarlo las estructuras de pecado vinculadas a un modelo falso de desarrollo, basado en la idolatría del dinero, como consecuencia del cual las personas y las sociedades más ricas se vuelven indiferentes al destino de los pobres, a quienes cierran sus puertas, negándose incluso a mirarlos.

 

La Cuaresma de este Año Jubilar, pues, es para todos un tiempo favorable para salir por fin de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia…. (Mensaje Cuaresma 2016 del Papa Francisco).


UNA FUERZA QUE NOS CAPACITA PARA AMAR...

El amor de Dios no es algo que pueda aprenderse con unas normas y preceptos. Así como nadie nos ha enseñado a gozar de la luz, a amar la vida, a querer a nuestros padres y educadores, así también, y con mayor razón, el amor de Dios no es algo que pueda enseñarse, sino que desde que empieza a existir este ser vivo que llamamos hombre es depositada en él una fuerza espiritual, a manera de semilla, que encierra en sí misma la facultad y la tendencia al amor. Esta fuerza seminal es cultivada diligentemente y nutrida sabiamente en la escuela de los divinos preceptos y así, con la ayuda de Dios, llega a su perfección.

 

 

Habiendo recibido el mandato de amar a Dios, tenemos depositada en nosotros, desde nuestro origen, una fuerza que nos capacita para amar; y ello no necesita demostrarse con argumentos exteriores, ya que cada cual puede comprobarlo por sí mismo y en sí mismo. En efecto, un impulso natural nos inclina a lo bueno y a lo bello, aunque no todos coinciden siempre en lo que es bello y bueno; y, aunque nadie nos lo ha enseñado, amamos a todos los que de algún modo están vinculados muy de cerca de nosotros, y rodeamos de benevolencia, por inclinación espontánea, a aquellos que nos complacen y nos hacen el bien.

Y ahora yo pregunto, ¿qué hay más admirable que la belleza de Dios? ¿Puede pensarse en algo más dulce y agradable que la magnificencia divina? ¿Puede existir un deseo más fuerte e impetuoso que el que Dios infunde en el alma limpia de todo pecado y que dice con sincero afecto: Desfallezco de amor? El resplandor de la belleza divina es algo absolutamente inefable e inenarrable.

 

Por eso nosotros, dándonos cuenta de vuestro deseo por llegar a esta perfección, con la ayuda de Dios y de vuestras oraciones, nos esforzaremos, en la medida en que nos lo permita la luz del Espíritu Santo, por avivar la chispa del amor divino escondida en vuestro interior.

Digamos en primer lugar que Dios nos ha dado previamente la fuerza necesaria para cumplir todos los mandamientos que él nos ha impuesto, de manera que no hemos de apenarnos como si se nos exigiese algo extraordinario, ni hemos de enorgullecernos como si devolviésemos a cambio más de lo que se nos ha dado. Si usamos recta y adecuadamente de estas energías que se nos han otorgado, entonces llevaremos con amor una vida llena de virtudes; en cambio, si no las usamos debidamente, habremos viciado su finalidad.


En esto consiste precisamente el pecado, en el uso desviado y contrario a la voluntad de Dios de las facultades que él nos ha dado para practicar el bien; por el contrario, la virtud, que es lo que Dios pide de nosotros, consiste en usar de esas facultades con recta conciencia, de acuerdo con los designios del Señor.
Regla monástica mayor de san Basilio Magno, obispo

 

Regla monástica mayor de san Basilio Magno, obispo

 


 

CONTEMPLEMOS CON ASOMBRO...

 

El asombro que según los filósofos es la puerta de la sabiduría y traspasada a nuestro plano sería la puerta de la Sabiduría con mayúscula. Según la etimología viene de ad latino y sombro de ombra. El asombro consiste pues en salir de la oscuridad, iluminar la mente, descubriendo algo que antes se ignoraba, lo que provoca perplejidad, al sorprenderse ante un hallazgo inesperado. El asombro está vinculado con el descubrimiento de algo insólito o la vivencia de una situación especial.

 

El asombro es pasmarse, extasiarse, dejarse arrebatar por un rayo de la luz de un misterio que no podemos comprender, pero sí contemplar. La capacidad de asombro, de maravillarse, conlleva la inocencia y la intuición, la capacidad de ver con ojos libres, sin juicios, y penetrar en misterios que a simple visto no se ven.

 

Por eso son los niños los que más viven el asombro, pues su vida es un descubrimiento continuo de cosas nuevas, porque la capacidad de asombro conlleva la inocencia, la sencillez…  sólo los niños pueden asombrarse con ojos limpios y ven o intuyen lo maravilloso.

 

Si queremos ser como niños, debemos aprender a contemplar con asombro las pequeñas cosas de la vida y así veremos el amor y la gracia que de continuo nos rodea. Así el asombro nos aleja de toda rutina y nos hace mantener viva la esperanza y ardiente el amor en un continuo crescendo.  

 

Ya la Iglesia nos prepara para estas fiestas de Navidad con un ensayo de “asombros” con las antífonas mayores de estos días, antífonas llamadas de la “O”: ¡Oh sabiduría, Oh Adonai, Oh Germen, Oh Llave, Oh Sol, Oh Rey, Oh Emmanuel!… No son sino asombrarnos ante el misterio que se nos viene: un Dios hecho Niño nacido para salvar a los hombres.

 

Nos podemos fijar y contemplar el asombro de quienes mejor lo vivieron:

 

*El asombro de María al anunciar el Angel el nacimiento del Hijo de Dios y llamarla llena de gracia “se turbó”, se asombró ante aquel saludo… cómo será eso… (Cf Lc 1,30ss) y María le presenta el Sí con asombro ante el Misterio que palpa y a la vez no puede comprender.

 

 El asombro de Isabel ante María que le hizo exclamar: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre ¿de dónde a mí que venga la madre de mi Señor? (Lc 1, 42-43) Tal fue su asombro ante el misterio que vislumbraba, que saltó la criatura en su vientre y María, a la vez, nuevamente asombrada ante el misterio que Dios mismo le revela a Isabel, exclamó: Mi alma glorifica al Señor... (cfr Lc 1,46)

 

El asombro de José y María en Belén: ante el nacimiento del Hijo de Dios, José y María le contemplan asombrados: un niño como otro niño, tan pequeño, tan impotente, un niño que llora y que sonríe… y tal fue su asombro que quedaron sin palabras contemplando al Hijo de Dios y María conservaba todas estas cosas meditándolas en el corazón (Lc 2,19).

El asombro de los pastores que tras anunciárselo los ángeles, corren a ver a su rey y le encuentran en un pesebre. El asombro de los mismos ángeles que vienen a la tierra a dar Gloria al Dios del Cielo. El asombro de los magos: que han visto su estrella, y ven en este niño un designio especial. El asombro de Simeón cuando ve al Niño en brazos de su madre y se siente movido a profetizar: éste es la luz de las gentes, está puesto para salvación de todos. (cfr Lc 2,29-32).

Y el mismo Jesús también se asombró… y lleno de gozo en el Espíritu, dijo: ¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! (Lc 10,21). 

Y cuál no fue el asombro de nuestro Padre Fundador, San Francisco de Paula, cuando nos dice: “¡pensad cuán infinito fue aquel ardor (de nuestro Dios y Salvador) por el que descendió del cielo a la tierra para salvarnos…!” y continuamente asombrado exclamaba ¡“Dios es caridad”! hasta ser reconocido por el lema “Charitas”.

Vivamos con ojos de asombro, porque vemos la luz pero aún entre las sombras, intuimos el misterio y aun nos debatimos en la lucha y tinieblas. Pero no dejemos de asombrarnos porque Él te hace su esposa….te mira con ojos de misericordia “No temas, no tendrás que avergonzarte, ni te sonrojes, que no quedarás confundida,… Porque el que te hizo, te tomará por esposa, y el que te rescata, es el Santo de Israel, Dios de toda la tierra… con amor eterno te quiero, dice el Señor tu redentor. Aunque se retiren los montes y caigan las colinas, no se apartará de ti mi misericordia… dice el Señor que te quiere”. (Cfr Is 54,4-5.8.10). Te ha hecho una llamada a ser su esposa, te comunica sus secretos, has recibido tanta gracia y derroche de su amor… deja que pase a los demás su misericordia a través de ti... nos asombra el gran don recibido: ¡es para entregarlo!.

Contemplemos pues, con asombro “el rostro de la misericordia del Padre: Jesucristo, nacido de la Virgen María… para revelarnos de manera definitiva su amor. Jesús con su palabra, gestos y toda su persona revela la misericordia de Dios(Papa Francisco Bula Misericordiae vultus, 1). Que la gracia de este año de misericordia sea salvación para todos.

 ¡Santa y feliz Navidad!

Sor Magdalena López OM


 

¡FAMILIA, SÉ LO QUE ERES!

En el designio de Dios Creador y Redentor la familia descubre no sólo su "identidad", lo que "es", sino también su "misión", lo que puede y debe "hacer". El cometido, que ella por vocación de Dios está llamada a desempeñar en la historia, brota de su mismo ser y representa su desarrollo dinámico y existencial. Toda familia descubre y encuentra en sí misma la llamada imborrable, que define a la vez su dignidad y su responsabilidad: familia, ¡"sé" lo que "eres"!

 

Remontarse al "principio" del gesto creador de Dios es una necesidad para la familia, si quiere conocerse y realizarse según la verdad interior no sólo de su ser, sino también de su actuación histórica. Y dado que, según el designio divino, está constituido como "íntima comunidad de vida y de amor", la familia tiene la misión de ser cada vez más lo que es, es decir, comunidad de vida y amor, en una tensión que, al igual que para toda realidad creada y redimida, hallará su cumplimiento en el Reino de Dios. En una perspectiva que además llega a las raíces mismas de la realidad, hay que decir que la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor. Por esto la familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa.

 

Todo cometido particular de la familia es la expresión y la actuación concreta de tal misión fundamental…

 

 



LAUDATO SI : Gozo y paz



“La espiritualidad cristiana propone un modo alternativo de entender la calidad de vida, y alienta un estilo de vida profético y contemplativo, capaz de gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo. Es importante incorporar una vieja enseñanza, presente en diversas tradiciones religiosas, y también en la Biblia. Se trata de la convicción de que « menos es más ». La constante acumulación de posibilidades para consumir distrae el corazón e impide valorar cada cosa y cada momento. En cambio, el hacerse presente serenamente ante cada realidad, por pequeña que sea, nos abre muchas más posibilidades de comprensión y de realización personal. La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco. Es un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece la vida sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos. Esto supone evitar la dinámica del dominio y de la mera acumulación de placeres.

 

La conversión ecológica que se requiere para crear un dinamismo de cambio duradero es también una conversión comunitaria.

 

Esta conversión supone diversas actitudes que se conjugan para movilizar un cuidado generoso y lleno de ternura. En primer lugar implica gratitud y gratuidad, es decir, un reconocimiento del mundo como un don recibido del amor del Padre, que provoca como consecuencia actitudes gratuitas de renuncia y gestos generosos aunque nadie los vea o los reconozca: «Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha […] y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará» (Mt 6,3-4).

 

También implica la amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas, de formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal. Para el creyente, el mundo no se contempla desde fuera sino desde dentro, reconociendo los lazos con los que el Padre nos ha unido a todos los seres. Además, haciendo crecer las capacidades peculiares que Dios le ha dado, la conversión ecológica lleva al creyente a desarrollar su creatividad y su entusiasmo, para resolver los dramas del mundo, ofreciéndose a Dios «como un sacrificio vivo, santo y agradable» (Rm 12,1). No entiende su superioridad como motivo de gloria personal o de dominio irresponsable, sino como una capacidad diferente, que a su vez le impone una grave responsabilidad que brota de su fe.

La sobriedad que se vive con libertad y conciencia es liberadora. No es menos vida, no es una baja intensidad sino todo lo contrario. En realidad, quienes disfrutan más y viven mejor cada momento son los que dejan de picotear aquí y allá, buscando siempre lo que no tienen, y experimentan lo que es valorar cada persona y cada cosa, aprenden a tomar contacto y saben gozar con lo más simple. Así son capaces de disminuir las necesidades insatisfechas y reducen el cansancio y la obsesión. Se puede necesitar poco y vivir mucho, sobre todo cuando se es capaz de desarrollar otros placeres y se encuentra satisfacción en los encuentros fraternos, en el servicio, en el despliegue de los carismas, en la música y el arte, en el contacto con la naturaleza, en la oración. La felicidad requiere saber limitar algunas necesidades que nos atontan, quedando así disponibles para las múltiples posibilidades que ofrece la vida.

 

Por otro lado, ninguna persona puede madurar en una feliz sobriedad si no está en paz consigo mismo... La paz interior de las personas tiene mucho que ver con el cuidado de la ecología y con el bien común, porque, auténticamente vivida, se refleja en un estilo de vida equilibrado unido a una capacidad de admiración que lleva a la profundidad de la vida. La naturaleza está llena de palabras de amor, pero ¿cómo podremos escucharlas en medio del ruido constante, de la distracción permanente y ansiosa, o del culto a la apariencia? … Una ecología integral implica dedicar algo de tiempo para recuperar la serena armonía con la creación, para reflexionar acerca de nuestro estilo de vida y nuestros ideales, para contemplar al Creador, que vive entre nosotros y en lo que nos rodea, cuya presencia «no debe ser fabricada sino descubierta, develada»

(Encíclica “Laudato si” 222-225)


 

¡OH ESPÍRITU DIVINO!

¡Oh Espíritu Divino haced que marchemos unidos!  Yo me entrego a Vos sin temores ni vacilación. A cierra ojos me lanzo en el seno de vuestra Providencia, conducidme, santificadme que a mí tan sólo me atañe borrarme y desaparecer.

 

Ya nos dicen los maestros de espíritu que la obra de la santificación es cuestión de la voluntad ayudada de la gracia, y que el sentimiento bien gobernado, puede constituirse en auxiliar útil mientras no se le deje usurpar el papel de la voluntad. El alma no necesita del sentimiento para entregarse a Dios. No necesita experimentar impresiones de contento o de cualquier satisfacción pensando en la entrega hecha o en el servicio prestado. En tanto que la voluntad se abandona a Dios y le consagra todo su ser, puede la parte inferior ser blanco de la desolación y el temor ¡oh alma mía! Aprende a vivir de la voluntad; no te dejes conducir como ciego por el sentimiento y los caprichos que engendra si así lo hicieras que cambio más rotundo experimentaría tu vida espiritual, resuélvete pues con la gracia de Dios todo se puede.

 

Yo tiendo hacia Dios con toda la energía de mi alma como a único término de mi existencia y todo lo demás es nada para mí. Mi ambición es renovar a cada instante mi absoluta entrega a Dios Nuestro Señor sin reservarme la más mínima partecita, ni exigir garantías, ni proponer condiciones, ni asegurar mis intereses personales, nada de estas mezquindades, todo, lo mucho o lo poco que granjee en la vida, para su mayor gloria, para las almas necesitadas; mi ilusión, renovar mi donación en cuerpo y alma, arrojarme a Él como el niño al cuello materno, amarle mucho y decírselo y volvérselo a decir sin cesar, para así arrebatar el Divino Corazón”.

 

Santa Casa de Dios, convento querido. ¡Cuánto te amo! Ante tus muros se estrellan el oleaje de las pasiones mundanas, hasta ahí llegan más no pueden penetrar más acá; este es el lugar de mi descanso para siempre que me he elegido o mejor dicho me eligieron Jesús y María. Gracias, Señor, gracias. Sólo deseo una cosa: no poner obstáculo alguno a la acción de Dios en mi alma. Pídaselo así. Pido a Jesús me dé la muerte antes de que yo obre porque me vean las criaturas o por agradarlas solo deseo obrar por su amor, quiero no obrar nunca por inclinación natural sino por impulso sobrenatural buscando siempre a D.N.S. para agradarle y nunca por contentar mis gustos ni buscarme a mí misma.

 

Ah quiero ser dócil, muy dócil en manos del Divino Artífice para que El haga de mí lo que le plazca no siguiendo mis caprichos y miras personales por no contrariar la acción el Espíritu de amor, solo ansío y pido mucha buena voluntad y perderme en los espacios infinitos en que no se respira más que amor.

 

Mi corazón le busca sin cesar y quiere perderse en Él y llevar aquella vida escondida con Cristo en Dios de que habla S. Pablo. Como la humilde planta del campo echa en tierra sus raíces, así ¡buen Maestro! yo quiero arraigar en vuestro Sagrado Corazón. (Ven. Sor Consuelo, Escritos VII)


 


¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN, ALELUYA!

Alegría, Aleluya, porque ha resucitado el Señor y vive entre nosotros. Alegría que es el gozo profundo del sabernos amadas gratuitamente, de sabernos perdonadas y salvadas con amor misericordioso. Y en palabras de San Juan Pablo II:

 

Este es el Hijo de Dios que en su resurrección ha experimentado de manera radical en sí mismo la misericordia, es decir, el amor del Padre que es más fuerte que la muerte. …El Cristo pascual es la encarnación definitiva de la misericordia… En el mismo espíritu, la liturgia del tiempo pascual pone en nuestros labios las palabras del salmo: «Cantaré eternamente las misericordias del Señor» (Dives in misericordia).

 

 

La verdadera alegría está sólo el encuentro con Cristo:  La alegría más auténtica está en la relación con él, encontrado, seguido, conocido y amado, gracias a una continua tensión de la mente y del corazón. Ser discípulo de Cristo: esto basta al cristiano. La amistad con el Maestro proporciona al alma paz profunda y serenidad incluso en los momentos oscuros y en las pruebas más arduas. Cuando la fe afronta noches oscuras, en las que no se "siente" y no se "ve" la presencia de Dios, la amistad de Jesús garantiza que, en realidad, nada puede separarnos de su amor (cf. Rm 8, 39) (Benedicto XVI ángelus 15-1-2006).

Aleluya, alegría… palabra que el Papa Francisco tiene continuamente en sus labios,...

especialmente con referencia a la vida consagrada, «Ésta es la belleza dela consagración: es la alegría, la alegría»porque:  «No haysantidad en latristeza!» dice el Santo Padre, no estéis tristes como quienes no tienen esperanza, decíasan Pablo (1Ts 4,13). (Carta a los consagrados: Alegraos)

 

Laalegríano es un adorno superfluo, es exigenciayfundamento delavidahumana. En el an decadadía, todo hombreymujertiendea alcanzaryvivirla alegría con todo su ser.

 

En el mundo con frecuenciavienea faltarla alegría. Estamos llamados atestimoniarla alegríaqueprovienedela certezadesentirnosamados ydela confianzadesersalvados.

 

«Latristezayel miedo deben dejarpaso ala alegría: Festejad…gozad…alegraos’,dice el Profeta(66,10). Es unagran invitación ala alegría.Todo cristiano,sobretodo nosotros, estamos llamados aserportadores de estemensajede esperanzaquedaserenidadyalegría: la consolación deDios, su ternuraparacon todos. Pero sólo podremos serportadores si nosotros experimentamos antes laalegríadeserconsolados porÉl, de ser amados porÉl.…No tenganmiedo, el Señor es el Señordela consolación, elSeñordelaternura. El Señor es PadreyÉl dicequeharácon nosotros como unama con su niño, con su ternura. No tengan miedo dela consolación del Señor».  (Papa Francisco a los consagrados)

 

La  actualdebilidaddelavidaconsagradaderivadehaberperdidolaalegría  delas «pequeñas  cosasdelavida”.   (carta a los consagrados Escrutad). Por tanto si queremos ser felices, ya, ahora… seamos fieles dejándonos amar y salvar por el amor amado y vivamos en plenitud nuestra vocación.

 

Pidamos a la Virgen María que nos ayude a seguir a Jesús, gustando cada día la alegría de penetrar cada vez más en su misterio.

 


LA CUARESMA: TIEMPO DE EXIGENCIA Y DE ALEGRÍA

No es morir sino que es rejuvenecer. Es convertir nuestra vida en NUEVA.

Iniciamos esta camino cuaresmal con deseos sinceros de conversión, iluminados por la Palabra, así como los primeros discípulos siguieron a Jesús fiándose de Él, fundándose en su Palabra: “En tu palabra, echaré las redes'".

Y en su Palabra continúa nuestra andadura en la cuaresma comenzando con el signo elocuente de la imposición de la ceniza, y la exhortación a la conversión. Es la Palabra de Dios la que nos invita a la conversión y da sentido a la imposición de la ceniza: conviértete y cree en el Evangelio.

Nos recuerda el inicio de la Cuaresma el grito de San Juan Bautista: “Dad el fruto que pide la conversión” (Mt 3,8), que es lo mismo que nos dice San Francisco de Paula cuando nos exhorta a dar frutos dignos de penitencia, ¡convertíos sinceramente!

Cuánto más cerca de Dios, mayor conciencia de pecado. El pecado es ese alejarte de Dios: es ese quedarte a mitad de camino, es ese vivir sin ilusión, sin generosidad, es quejarnos de todo. Tener conciencia de pecado nos hace realmente humildes y tener ganas de cambiar. Somos pecadores y cuando uno tiene conciencia de su pecado, es más comprensivo, perdona, es más cercano a los demás, acaban las quejas y murmuraciones contra los demás.

Viene a punto recordar con todos el nº 11 de nuestras Constituciones: “Estimen la vocación recibida para vivir como hermanas, unidas en fervor de caridad por amor a Dios y prometan vivirla día tras día en auténtica y constante conversión a la caridad perfecta, mediante la profesión de los consejos evangélicos comunes a la vida religiosa y del imperativo evangélico “convertíos y haced frutos dignos de penitencia” (Mt 3, 2.8).

La cuaresma es tiempo para acrecentar la oración, la limosna y el ayuno. Es tiempo para renovar la adhesión a Jesucristo, muerto y resucitado. Tiempo para guiarnos por el camino de una profunda y progresiva reflexión comunitaria y personal. Hemos sido llamados a vivir en la Iglesia y juntos nos preparemos para la Gran Celebración Pascual. Es tiempo de meditar, muy especialmente, la Palabra, para que ella reviva en nosotros y en la Iglesia la confianza, el valor, el deseo de testimoniar con nuestras vidas a Cristo el Señor, superando toda dificultad y desánimo.

 

¿Creemos sinceramente que podemos cambiar? ¿Dónde ponemos nuestra mirada?



LA VOCACIÓN

La vocación es amor y, por lo mismo, don. La vocación, como llamada personal y gratuita, que capacita realmente a la persona para responder, es don de amor y, en consecuencia, un don perdurable y definitivo. Pero los dones de Dios, que por su misma naturaleza son imperecederos, necesitan ser acogidos activamente por el hombre. El hombre debe abrirse a la llamada divina, consentir en ella, irla incorporando vitalmente a la propia experiencia. Y esto, día tras día, sin interrupción, sin paréntesis, de forma continua. De este modo, la vocación se va convirtiendo en centro ordenador de toda la persona, de su ser y de su quehacer, y es principio permanente de autenticidad y de integración. «La vocación, sobre todo en sentido teológico, abarca y compromete a la persona entera: es una llamada a ser en totalidad y, por tanto, una realidad integral e integradora. Es gracia transformante, que toca las raíces mismas de la persona y que la unifica desde su interior»..

 

Asegurar la propia vocación:  «Por tanto, hermanos, poned el mayor empeño en asegurar vuestra vocación y vuestra elección» (2 Pe  1, 10).

La exhortación de San Pedro resulta, por lo menos, un poco extraña y casi desconcertante. Nos pide que pongamos el mayor empeño en asegurar nuestra vocación y nuestra elección. Pero ¿es que la vocación divina, cuando de verdad existe, no es ya segura, para que haya necesidad de asegurarla (2 Pe 1, 10).  ¿Puede, por otra parte, el hombre asegurar lo que no nace ni depende, en última instancia, de él mismo, lo que ha recibido y está recibiendo gratuitamente de Dios?

 

Hay que recordar que, desde Dios, la vocación y la elección son firmes, seguras, irrevocables, definitivas. Porque todo don verdadero es, por su misma naturaleza, definitivo e irrevocable. La perpetuidad es condición intrínseca de un auténtico don. Y la vocación y la elección divinas son gracia, son don en sentido estricto. Son, a este respecto, expresivas las palabras de San Pablo, refiriéndose a la llamada de Israel a la fe en Cristo: «Los dones y la vocación de Dios son irrevocables» (Rom 11, 29). Lo que Dios da, lo da para siempre, sin posible arrepentimiento. No se puede pensar en un don temporal, porque implicaría una esencial contradicción en los mismos términos. Dar es radicalmente diverso de prestar. Cuando damos algo, convertimos a la persona que lo recibe en propietaria de ese don. No tenemos ni la más remota intención -y hasta perdemos propiamente la capacidad- de recuperar lo que hemos dado.

 

Hablar de don es hablar de amor. Porque sólo lo que se da «por amor», es decir, gratuitamente, sin pedir nada a cambio, merece el nombre sagrado de don. Más aún, en realidad de verdad, el único verdadero don que existe es el mismo amor. Los demás «dones» no son más que indicios, manifestaciones, pruebas, testimonios fehacientes de amor. Por eso, en expresión de Santo Tomás de Aquino, el amor es el don primero, origen y principio de todos los otros dones: «Lo primero que damos al amigo es el amor por el que queremos para él el bien. De donde se sigue que el amor tiene razón de primer don, por el que se da todos los demás dones gratuitos».

 

(Formación continua, P. Severino Mª Alonso)


DONDE HAY RELIGIOSOS HAY ALEGRÍA

 

Qusesiempre verdalo que dijunvez:«Donde hareligiosos haalegría Estamos llamados a experimentademostraque Dios ecapade colmanuestrocorazones 
h
acernos felicessin necesidade buscanuestra felicidaeotro lado; que la auténtica
fraternidavivida enuestracomunidades alimenta nuestra alegríaque nuestra entrega totaaservicio de la Iglesialafamiliaslos jóveneslos ancianoslos pobresnos realiza como personas dplenitud nuestra vida.

Quentre nosotros no se vean caratristes, personas descontentas, porque «un seguimiento tristes un tristseguimientTambién nosotros, aigual que todos los otros hombres y mujeressentimos las dificultades, las noches del espíritu, la decepción, la enfermedad, la pérdida de fuerzas debido a la vejez. Precisamente eesto deberíamos encontrarla «perfectalegría», aprender a reconocer el rostro de Cristo, que se hizo en todsemejante a nosotros, y sentir por tanto la alegría de sabernos semejantes a él, que no ha rehusado someterse a la cruz por amor nuestro.

Es vuestra vidla que debe hablar, una vida en la que strasparenta la alegría y la belleza de viviel Evangelio y de seguir a Cristo.

 

EEvangelio es exigente y requiere ser vivido con radicalidasinceridad. Jesús nopide ponerlen práctica, vivisus palabras.

Jesús, hemos de preguntarnos aún¿es realmente el primero y único amor, como nos hemos propuesto cuando profesamos nuestros votos? Sólo ses así, podemos y debemos amaen la verdad y la misericordia a toda persona que encontramos en nuestro camino, porque habremos aprendido de él lo que eeamor y cómamar: sabremos amar porque tendremos su mismo corazón.

 

El Año de la Vida Consagrada nos interpela sobre la fidelidad a la misión que se nos ha confiadoLa misma generosidad y abnegación que impulsaron a los fundadores–decía san Juan Pablo II–deben moveros a vosotros,sus hijos espirituales,a mantener vivos sus carismas que, cola misma fuerza del Espíritu que los ha suscitado,siguen enriqueciéndose y adaptándosesin perder su carácter genuino, para ponersal servicio de la Iglesia y llevar a plenitud la implantación de su Reino (Extraído de la Carta del Papa Francisco a los consagrados, 2014)


 

SILENCIO HERMANOS…

 ¡Silencio Hermanos, que Jesús está naciendo!

En pobre y humilde portal

nace el Hijo del Dios Eterno

y siendo su Palabra

nace en silencio.

Es reflejo del Padre

y nace Niño pequeño;

dormido en unas pajas…

¡qué elocuente silencio!

¡Venid, adorémosle!

Jesús es Dios Verdadero;

con su venida a la tierra,

ha hecho de la tierra, CIELO.

J.C.

 


He aquí el camino de la luz:

 El que quiera llegar al lugar designado, que se esfuerce en conseguirlo por medio de sus obras. Este es el conocimiento que se nos ha dado para caminar por el camino de la luz.

Ama al que te ha creado, teme a quien te formó, glorifica a quien te redimió de la muerte. Sé sencillo de corazón y rico de espíritu. No sigas a los que andan por el camino de la muerte, aborrece todo lo que desagrada a Dios, y toda hipocresía, no abandones los preceptos del Señor. No te exaltes a ti mismo, sé por el contrario, humilde en todas las cosas. No te glorifiques a ti mismo. No concibas malos propósitos contra tu prójimo, y no permitas que la insolencia domine tu alma.

 

No hagas acepción de personas para reprender a cualquiera de su pecado. Sé manso, tranquilo, temeroso de las palabras de Dios que has oído. No guardes rencor a tu hermano.

 

 

Ama a tu prójimo más que a tu propia vida. No mates al hijo en el seno de la madre, ni tampoco lo mates una vez que ha nacido. No abandones el cuidado de tu hijo o a tu hija, sino que, desde su infancia, les enseñarás el temor de Dios. No envidies los bienes de tu prójimo, no seas avaricioso. No frecuentes a los orgullosos; por el contrario, tratarás con los humildes y los justos.

Todo lo que te suceda los aceptarás como un bien, sabiendo que nada sucede sin la disposición de Dios.

Ni en tus palabras ni en tus intenciones ha de haber doblez pues la doblez de palabra es un lazo de muerte.

Compartirás todas las cosas con tu prójimo, y no dirás que son de tu propiedad; pues si en los bienes incorruptibles sois partícipes, ¡cuánto más en lo perecedero! No seas precipitado en el hablar, pues la lengua es una trampa mortal. Guarda la castidad por el bien de tu alma.

No tengas las manos abiertas para recibir y cerradas para dar. Ama como a la niña de tus ojos (Dt 32, 10) a todo el que te habla del Señor.

Piensa día y noche del día del juicio, y busca siempre la compañía de los santos, bien trabajando y caminando para consolar por medio de la palabra, bien meditando para salvar un alma con la palabra, bien trabajando con tus manos para redimir tus pecados.

No seas remiso en dar, ni murmures cuando das y un día sabrás quien sabe recompensar dignamente. Guarda lo que recibiste, sin añadir ni quitar nada (Dt 12, 32). Aborrece totalmente el mal. Juzga con justicia.

No seas causa de división, sino procura la paz  reconciliando a los que contienden. Confiesa tus pecados. No te acerques a la oración con una mala conciencia. Éste es el camino de la luz. (Carta de Bernabé).


¡DESCANSO DE NUESTRO ESFUERZO!

 

Pentecostés

El Espíritu Santo aletea en nuestro entorno, estamos saboreando su presencia mientras anhelamos su venida. Ya lo recibimos especialmente en la Confirmación, lo recibimos continuamente mientras le invocamos pero cada Pentecostés nos trae un nuevo impulso de este Divino Espíritu.

Ahora contemplamos al Espíritu Santo como “descanso de nuestro esfuerzo”. Seguro que vemos cuanto nos esforzamos continuamente, pero un solo esfuerzo hay en la vida por el que realmente merece la pena esforzarse y es la santificación, dedicarme a la búsqueda de la salvación eterna. Todo esfuerzo que no vaya en este sentido es inútil y servirá para cansarnos, para sentirnos vacías. En cambio si nos “esforzamos en entrar por la puerta estrecha” (Lc 13,24),  si nuestro esfuerzo va dirigido a buscar el Reino de Dios: “se anuncia la Buena Nueva del Reino de Dios, y todos se